Un día vi un Peugeot 404 de color blanco con dos tripulantes dignos del Globo de Oro a la docencia en lo peculiar, alejarse por la calle Benito Lynch hacia su intersección con Posadas en el barrio de Saenz Peña, estando yo parado sobre el asfalto con los abdominales y los pómulos destrozados de la risa junto al entonces Pablo Bam Bam Giménez.
Vi también volar una artesanal mesa de luz muy cerca del cielo raso de un dormitorio y aterrizar luego enérgicamente en la nuca y la espalda de un flautista.
Vi a un seductor profesor de música en un privadísimo (de piedad) desfile de modas luciendo una robe de seda natural y botas tejanas.
Vi guardar huevos frescos -y crudos- en el elegante porta-trajes del que fuera director y arreglador de la orquesta de la comedia musical Sugar, (aquella en la que ladraran Susana Giménez, Ricardo Darín y Arturo Puig entre otros detractores del género).
Y lo mejor -bueno, no, no es lo mejor, es sólo lo más traumatizante-: lo vi todo el mismo día…

Les decía en la primera historia en que les hablaba de Gustavo Marino, pequeños rapaces, (ver: ¿Un cafecito, Maestro?) que todo lo sucedido en aquella maratónica secuencia de singularidades no sólo no había obliterado posibilidades futuras de contacto, sino que -al menos de nuestra parte- las había promovido, incentivado y hasta exigido.
En aquellos años en que le alquilé un departamento al Bebe Ferreyra, debería haberme levantado al menos media hora antes cada día y/o acostarme media hora después cada noche, sólo para extender mi conciencia de lo feliz que podía ser la vida.
Pero como todo en ésta, ese período culminó -no, no se dejen ganar por la congoja, aquel tiempo dio paso a otro tanto o más deforme y ese a otro y así sucesivamente hasta al menos hoy por la mañana; se los prometo: siempre tendremos algo para contar- y la mudanza de Marcelo Ferreyra tuvo lugar cierto día.
El Bebe, como personalidad convocante por naturaleza (a lo largo de su vida ha ido convocando a multitud de psiquiatras, terapeutas variados y hasta a antropólogos sociales) dispuso para su mudanza de tres lazarillos entregados a todo tipo de proeza muscular para ayudarlo y reconfortarlo en la labor de levantar peso.
Cierto es que los troncos de los tres trabajores (Kovalsky, Gustavo Marino y quien esto suscribe) sumados no llegaban al grueso del brazo bueno de Guillermo Vilas, pero si de lo que hablamos es de voluntad y entrega, bueno, sigan leyendo.
Alguna vez escuché una imbecilidad del tipo: “hay una tribu de indios que para que se les pase un dolor en el pie se pegan un martillazo en un párpado” y alguna otra no tan estupidez que decía: “los diseñadores de perfumes, llamados “narices”, al probar un determinado número de variaciones de una fragancia, comprueban que su olfato está saturado y ya no distinguen las sutiles diferencias“. En esencia son la misma cosa: un evento, o una acumulación de los mismos, puede llegar a obturar la razón hasta hacer perder la capacidad de discriminación en la persona.
Esto mismo me pasó a mí; la secuencia increíble de cosas que sucedieron aquel día me obnubiló de tal forma, que no recuerdo cómo nos dimos cita en Benito Lynch 2615 3ºA, 1674, Saenz Peña.
Mi registro comienza ya en el departamento del Bebín, con Kovalsky, Gustavo Marino y el mismo Rey Midas.
La actitud de nuestro Bebe era de cierta urgencia, de cierta tensión muscular. Ya en tren de contarles cosas varias que escuché por ahí, podría decirles que una vez llegó a mis oídos que una de las experiencias de mayor estrés en la vida de una persona es una mudanza, aunque si quieren que les sea sincero -aparte de decirles que quieren ustedes bastante- les diré que para mí las experiencias de mayor estrés en la vida del Bebe, más que una mudanza es que un brass salga “como una foto movida” (esto significa que no toquen con la misma y exacta rítmica), que un bailarín le diga que El Fujitivo es una basura o que alguien pretenda echarlo de una banda cuando lo único que podrá hacer es no llamarlo más. El resto de las cosas jodidas que le podrían pasar, como quedarse sin trabajo, sin novia o sin hamster, son perfectamente charlables…
Los demás presentes, en cambio, estábamos muy relajados, intentando imaginar de qué forma podíamos ayudar. He de reconocer que se nos fue el día sin resultados positivos en este esfuerzo imaginativo.
Ante la falta total de directivas de parte del anfitrión de la mudanza, comenzamos con Kovalsky a improvisar.
Nos dirigimos primero a la habitación de Ferreyra, donde ya se encontraba Gustav Marino sacando ropa del Bebín de su placard, doblándola con un arte cuanto menos controvertido (imaginen que después de doblarla Marino, la túnica de Sai Baba hubiera quedado como el vestidito de tablas de Shirley Temple) y metiéndola luego en una valija rígida celeste que perfectamente podrían ustedes encontrar en un episodio de Misión Imposible en manos de Jim Phelps.
Estaba el flautista amigo de Marcelo Horacio encorvado haciendo casi papiroflexia con un pantalón del Bebe, cuando Kovalsky nota que en la parte superior del placard el Maestro Ferreyra había guardado una indescriptible mesa de luz que hasta hacía días usaba, tanto para dar soporte al velador como para dar un aire de radical exotismo al dormitorio.
Ya sé, dije que la mesa de luz era indescriptible, pero como jamás les prometí consistencia intelectual, la voy a describir.
Era uno de los pocos objetos decorativos de la casa del Bebe del que yo desconocía su procedencia (¡Por favor recuérdenme que les cuente cómo estaba decorado ese departamento!, no se van a arrepentir). Se trataba de una estructura de delgadas cañas que partían desde una circunferencia -que representaba la base- y, luego de angostarse el cilindro torsionado que describían hacia el centro, llegaban a una circunferencia idéntica a la de la base y que representaba el soporte de la tabla superior.
Para que puedan seguirme, imaginen esos gráficos de agujeros negros que están uniendo dos universos diferentes: allí vemos un cilindro que se ensancha en ambas bocas; OK, lo mismo pero hecho con cañas.
La tabla superior -sobre la que se apoyarían luego el velador, el despertador, uno de los veintidós teléfonos de la casa, el gorro que fuera recuperado de la cabeza de un tal Drácula, el vaso con la dentadura postiza, etc.- era un disco de la peor madera imaginable: una especie de híbrido entre aglomerado áspero y cartón prensado, todo cortado por el lagarto de Comodo con sus propios incisivos.
El conjunto general podría ser adjetivado con un “elegante”, claro que estaríamos mintiendo flagrantemente o haciendo uso de una ironía salvaje. Creo que entre “ordinario” y “negligente” está la cosa.
Volvamos a Marino completamente concentrado en transformar la manga de un saco rosado de nuestro Regiseur en una cinta de Moebio y a Kovalsky advirtiendo la presencia casi oculta de la mesa de luz en lo alto del placard.
Sin medir consecuencias ni mediar palabra, Bam Bam estira su brazo y hace rodar un poco la mesa de luz (recordemos que era casi un cilindro) de manera que se precipite desde lo alto hacia la nuca del flautista.
Apenas décimas de segundo o milímetros antes del impacto el percusionista grita: ¡¡¡Cuidado!!!
Marino, hasta ese momento absorto en sus endiabladas manualidades, por carencia de tiempo apenas si llegó a dibujar una mueca de susto, disparar una mirada hacia cualquier lugar e intentar erguirse un poco para, finalmente, terminar recibiendo con todo su torso al mueble.
Lo supe en ese momento y lo viví con satisfacción: Kovalsky se había superado a sí mismo una vez más. Él había demostrado ya una capacidad poco usual para arrojar elementos más o menos pequeños, contundentes en algunos casos, pero pequeños; ahora ¿un mueble?, eso lo dejaba una vez más a otro nivel.
Marino cayó sobre la cama, más por la sorpresa y por prevenir algo mayor que por el verdadero peso de la mesa de luz, y nosotros comenzamos un pequeño raid de congestiones de pómulos y movimientos peristálticos preternaturales.
La explicación de Bam Bam fue: “Mono, te avisé: *Cuidado*”, a lo que Marino respondió asintiendo y ensayando alguna cosa como: “Sí, lo que pasa es que no sabía qué pasaba… perdón”.
Cuando la mesa de luz se volvió a colocar en su sitio, pasamos a darle una mano a Gustav para que termine de guardar la ropa de Marcello al menos esa semana.
Le íbamos pasando saco a saco, pantalón a pantalón, como así también camisas ravioleras y corbatas que juro que Firulete hubiera rechazado por “osadas”.
La paleta de colores del guardarropas de il Regista Ferreyra, podría describirse como “frutal”, “silvana”, “jardinera” o hasta “valiente”.
En esto estábamos cuando de repente identificamos una robe de seda de exótico estampado asiático; sólo les diré que si se hubiera tratado del placard de Nélida Lobato, esa prenda no nos hubiera llamado la atención, pero ¿qué hacía una robe de seda corta hasta la altura en que encontramos el límite entre la nalga y el muslo, con dos pequeños bolsillos a los lados y un audaz lazo a modo de cinturón en ese ropero?
Descolgando la pequeña prenda de su percha, le proponemos a Marino que, dado su porte y dominio del registro gestual, se la pruebe (no, no busquen implicancias homosexuales de ningún tipo, la idea era hacerlo sobre la ropa que tenía ya puesta; queríamos reírnos un poco, no abusar de él). En un primer reflejo, Gustav se niega blandamente, pero ante la insistencia accede a ponerse esa robe, que de un salto de cama pasó a ser “un salto al vacío”.
Con un gesto de: “Qué, ¿me queda bien, no?” nos desafió mientras se miraba y al menos yo ya transitaba ese sendero en donde no sé si lo que cabe es reír sin decoro o compadecerme de mí mismo. Sin darme tiempo a decidirme por una u otra opción, Kovalsky le dice: “Loco, estás igual a Frank Sinatra en High Society”.
Eso debería haber despertado de un cachetazo dado con una plancha a 300º a Marino, sin embargo él prefirió creerlo… a pesar de la imagen que devolvían sus ubicuas botas tejanas.
¿Y el Bebe?
Esto mismo pensamos nosotros en aquel momento: “¿Y el Bebe?”; nuestro Sheik estaba de los nervios poniendo cuanto encontraba en cajas y bolsas, seguramente pensando con qué estúpido objeto nos había convocado.
En un momento, mientras todavía se daban residuos de la onda expansiva de Marino con la robe, Ferreyra entra en la habitación y al ver a su amigo con SU ropa, pasa a quitársela nerviosamente, hacer con ella un bollo y meterla en la valija. Esa, sería la prenda que llegaría mejor doblada a casa de sus padres…
Recuerdo que el Bebe sólo se dirigía a Marino; tanto a Kovalsky como a mí nos ignoraba olímpicamente (esta es una actitud típica del Maestro cuando se encuentra saturado y muy molesto con la presencia de alguien).
De buenas a primeras, Marcelo Horacio indica así, hablándole a nadie, que todo estaba embalado y que había que pasar a bajarlo a la calle y subirlo al Salsamóvil.
Abocarnos a esto íbamos, cuando percibimos que en la cocina quedaban tres solitarios huevos en su casita de cartón (me refiero a la huevera, los huevos no tienen casa) y sin apenas practicar la comunicación verbal entre nosotros, comprendimos con Bam Bam que el mejor sitio para los huevecitos era el porta-trajes del Bebín.
Los metemos con la misma velocidad que lo hubiera hecho el acelerador de partículas LHC y empezamos a bajar cosas y a meterlas en el Salsa; todo menos el porta-trajes.
Una vez que estuvo el Peugeot 404 al palo de cajas, bolsas y valijas, ya con Ferreyra como piloto y Gustav como acompañante, abrimos la puerta trasera izquierda del auto y apoyamos cuidadosamente el flamante contenedor de los tres huevos.
Para enfatizar un poco el efecto dramático de la despedida le ofrecemos, tanto Kovalsky como yo, unas firmes palmadas al porta-trajes mientras nos despedíamos de este dúo de varones.
Revivo ahora mismo la expresión de ambos, mirándonos sin comprender porqué las palmadas de despedida no se las dábamos a sus espaldas y sí a un objeto del equipaje.
Cerramos la puerta trasera, el Salsa parte por la Calle Benito Lynch rumbo a la esquina con la calle Posadas y yo quedo parado sobre el asfalto con los abdominales y los pómulos destrozados de la risa junto al entonces Pablo Bam Bam Giménez.
Fundido a negro y final del episodio.
Imaginen lo que sigue como parte de los extras del DVD:
- “Sí, los huevos se pudrieron dentro del porta-trajes y el Bebe lo percibió días después. Nosotros lo supimos porque pasadas unas cuantas jornadas fuimos a visitarlo y este objeto colgaba de su ventana en el piso décimo. Desconocemos cómo imaginó que habían llegado allí”.
- No, esa mudanza no terminó acá, volvimos otro día a llevarnos el somier de 6 x 4 metros de Marcello junto a… “El Arquitecto”, pero como diría Marcelo Fernández Bitar, “esa, es otra historia”…

7 Comments
Debería usar este espacio para propagandear la segunda parte del episodio que acaban de delectar, porque trata de un sommier con un campo gravitacional propio. Pero me limitaré a felicitar al bueno de Blake que con su infernal maquinaria de registro, una vez más, supo derramar sobre el papel una simpática cabalgata de recuerdos y bromitas para alegría de todos.
Roger Kovalsky, solamente “felicitaciones” no nos resulta suficiente ni a mí ni a mis amigos. Por favor, déjese de tomar Pernod con Cepita de manzana y escríbase algo.
Aunque un poco subido de tono, éste es un pedido para poder deleitar de otra de sus sabrosas historias.
Su amigo que lo estima,
Lebeat.
Felicitaciones Blake!!!
¿Cómo puede uno reír hasta el llanto, por vez número 458?
Pues es realmemte algo que escapa a mi precoz inteligencia.
Sólo quiero dejar constancia que luego del Bebín habité yo ese magnífico piso, y todo, todo, hasta “el color de las paredes” me recordaba al altísimo.
¿Acaso el nombre de aquello (pintura no era), que puso en las paredes no era “Verde Teatro”?
Hablando de pintura…
Recuerdo una vez haber estado en el depto. del Bebe, cuyas paredes estaban pintadas de unos colores que aparentemente destruían el cerebro de Bam Bam Giménez e incluso lo volvían agresivo (?)… Era una onda arco-iris inconcluso y había una pared pintada de turquesa-pastel o pastel-turquesa…
Solo puedo decir que yo –personalmente- me sentía como en el depósito de muestras de colores fuera de catálogo de la empresa
Sherwin-Williams !!!
Frater Kovalsky, cuento las horas hasta poder leer ese episodio de su pluma arrancándome pequeños girones de piel por la ansiedad.
Clodyn, gracias por tus palabras y ahora que apuntás eso, caigo en la cuenta que vos no sólo pasaste por los lugares clave, sino que también los habitaste; mmm…
Picas, hay que reconocer que Dios no te ha dotado sólo de una cara bonita, también gozás de muy buena memoria y don de gentes…
GRACIAS MIL estimado Blake ! Sus palabras me emocionan hasta tal punto, que he decidido que esta noche no cortaré cebolla alguna para la ensalada que pensaba preparar…::::
Ya lo dijo el filósofo polaco contemporáneo Gregrorsz Djewchapolski en el Simposio Polaco de Mutancia realizado en Gdansk en 1999:
“Mwetruzjkliuw tupudra malockiwaj yestem mamelukonieck, polime jutzko dobron szo kiutra pelu maczsoboity baweszjtionew Mutanska bludaskoji” lo cual traducido a nuestro idioma significa:
“Aquel hombre que se encontrase en la oscuridad de un pasillo y tropezase con una garrafa de gas sin provocarse herida alguna, es el único que sabrá hacia donde lo guía el camino de la Mutancia…”
(N de la R: pelu significa garrafa en singular; el plural es garrafas)…
Atte. Daniel Picas
Querido y entrañable Picas, más allá del primer impacto que tuve al ingresar en el apartamento de Marchello, al comprobar que había pintarrajeado sus paredes con un torturante e indescriptible color turquesa (que para nuestro Titán era “verde teatro”, una nueva categoría en el catálogo de pantone…), le digo que me sentí tan superado que la violencia era un minúsculo sentimiento amortiguado por las circunstancias. Recuerdo que observé perplejo todo aquello, me acerqué al sillón y me dejé caer pesadamente sobre él con un cansancio demoledor. Giré la cabeza y vi un cuadro que se hacía mesa, luego, muy cerca, cuatro sillas naranjas de plástico y una mesa de fórmica marmolada verde, luego una antena de televisión que pendía del techo del living, en el baño un lavatorio en miniatura que el gurú Moreno (un ex percusionista) había arrancado del baño de una casa que estaba sumergida bajo las aguas turbias luego de una inundación… me apreté fuertemente la cara. Lloré desconsoladamente durante 5 minutos, pero luego todo volvió a la normalidad y empecé a sentir cómo se recargaban nuevamente nuestras ansias de afiebradas mutancias.