Cada show posee su propio esqueleto interno, lo mismo que las musarañas, los ositos pardos o Marcelo Yeyati.
Al igual que en estos tres ejemplos escogidos al azar, la belleza y la forma en que cumplen dichos esqueletos su función, es a su vez diferente.
Que un rayo me parta si no es cierto lo siguiente: no hubo dos shows de Los Intocables que fueran idénticos: por ejemplo si hacíamos un show malo, el siguiente intentábamos que fuera horrible, y para no caer en el tedio, el que le seguía era patético. Es lo que tiene el compromiso con la originalidad, queridos cervatillos…

Aún así, hubo un “momentum“, un punto en el que hallamos ese arquetipo que jamás habíamos buscado y por el que nunca movimos un pelo: el show deforme.
El show deforme, como modelo, como diseño, no garantizaba en absoluto que la performance pudiera ser estandarizada y muchos menos elevaba la calidad de éste en términos convencionales; el show deforme lo único que aseguraba es que hubiera un show también para los músicos… algo que también pasara sobre las tablas, pero que fuera sólo percibible para quienes tocaban.
Está claro que uno tocando disfruta de aquello que toca, pero, ¿Me creerían si les digo que a la performance número 1471 de No Hay Futuro o 2111 de Don José lo único que quiere una persona medianamente bien aspectada es comerse sus propias nalgas? (Yo que visito asiduamente a Clody y departo muy frecuentemente con ella, les puedo asegurar que la sola mención de Don José le provoca convulsiones faciales y arrebatos homicidas).
De manera que como ya conocemos al perinolezco espíritu mutante, no les sorprenderá saber que mientras tocábamos para el nunca suficientemente amado público, sobre el escenario sucedían otras muchas cosas; sospecho que invisibles tanto para el rudeboy como para la rudegirl.
¡Tocá lo que está escrito!
Los vientos, el brass, siempre han sido una especie de banda dentro de la banda y esto se debe a una serie de factores (no estoy hablando del brass de Los Intocables en particular, sino de los de todas las bandas en general), entre los que se encuentran la rotación frecuente de estos músicos por varios grupos debida -centrándonos en aquel entonces y en el ska- a la escasez de músicos aptos que tocaran, por ejemplo, trompeta o trombón (no me malinterpreten: con “aptos” me refiero a alguien que pudiera aprender una serie de temas y que controlara esfínteres al mismo tiempo, aunque sea mientras durara un show).
Este sentimiento de identidad devenido del aglutinamiento en el escenario antes que de la compenetración filosófica -al menos en Los Intocables- provocaba conversaciones emergentes entre frase y frase musical, que muchas veces hacía muy complejo el seguir tocando (la risión no es amiga de los instrumentos de viento, a no ser que sepas reír con el pancreas).
Cierto día, el denominador común de tantas historias mutantes, el Egregio Marcelo Horacio Ferreyra, expresa su disconformidad hacia las dotes musicales del Tirolés con una fórmula para nosotros inédita: “¡¡Le pago para que no toque!!”. Esto se lo dijo a nuestro stage manager, Alejandro Napia Velázquez durante una prueba de sonido en un local llamado La Tienda, que quedaba sobre la avenida Centenario en San Isidro.
Ante la negativa del considerado stage de mandar a su casa al Tirolés sin tocar pero con su dinero como si lo hubiera hecho, el Bebe propuso, como generosa alternativa, que el saxofonista tocara aislado en la punta opuesta del escenario (en este caso, el extremo izquierdo visto desde el público).
Nuevamente rechazada la propuesta, lo que se formó fue una pasajera aunque poderosa tirantez entre el bronce del Tirol y nuestro varón.
En este contexto interno del brass -Dios, ¡cuántas líneas me cuesta plantear el contexto de las cosas que pasaron!- en una oportunidad salimos de gira por la provincia de Córdoba y en una fecha que hiciéramos en un pequeño pueblo llamado Quitilipi (nos aseguraron que nunca había tocado una banda allí), durante la performance de Tiran Bombas, el Tirolés ejecuta una o unas pocas notas fallidas, lo que lo motiva al Bebe a gritarle totalmente encolerizado: ¡Tocá lo que está escrito!
Es justo aclarar que el Bebe había retocado ese día el arreglo de este tema, por lo que teníamos delante nuestro partituras nuevas.
Pasados unos segundos, al entrar nuevamente los vientos, Ferreyra, presa de un estado de nervios por la situación falla en un pasaje, oportunidad que aprovecha el Tirolés para dejar de tocar y gritarle de forma catártica: ¡¡Tocá lo que está escrito!!
Marcello, en un estado de indignación pura -tan pura la indignación es veneno y cancerígena- sólo atinó a agarrar las partituras y, en un gesto álgido de tensión muscular espástica, arrojó las páginas al suelo y se dirigió raudo a tocar ¡¡las tumbadoras de Bam Bam!!
El show continuó con dos saxos y dos percusionistas…
Desde la derecha: ¡Máquina!
Desde la izquierda: ¡Hijo de puta!
No, no estoy citando los exabruptos que recibiera Mauricio Macri durante la campaña para hacerse con el (des) gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, sino una fuerte y antinómica lluvia expresiva que cayera sobre los oídos del Pontífice de Saenz Peña.
El Bebe, -seguramente ya se han hecho a la idea- es ese tipo de… ehh… es ese tipo de… persona que genera apasionamiento, sea este canalizado por el amor grande o por el extremo rechazo.
Durante el show, cuando interpretaba su “verborrágico” solo en Sin Pedir Perdón, yo comenzaba a vivarlo gritándole conceptos tonificantes como: ¡Genio!, ¡Maquina!, ¡Animal! -era una práctica habitual que se desprendía de mi profunda nobleza, clarísimamente- y el Bebín se dejaba engullir por una espiral emocional que cargaba su performance de una potencia muy considerable.
En una oportunidad -me es imposible precisar cuál-, llega el momento de ese solo y yo le disparo al oído lo más positivo y bestial de mis existencias, ese manojo de cosas como “¡Pele Dios!” y “¡Arroje Bestia!”. Al tocar Ferreyra, noto su flujo musical como a un volumen más alto del habitual, como poseído por una energía nerviosa de mayor voltaje; les aseguro que si alguien se ponía delante de la campana de su trombón, se bronceaba la cara sin duda alguna.
Preguntándome estaba el porqué de este comportamiento, cuando de repente lo veo al Tirolés gritándole al Bebe desde el otro lado. Como era algo absolutamente inusual, presto atención a los epítetos que producía el saxofonista y lejos de ser halagadores, se trataba de cosas del siguiente calibre: ¡Forro!, ¡Hijo de puta!, ¡Pelotudo!
Evidentemente este efecto halago-insulto, flores-cachetazos, Jerry Dammers-Mona Giménez, cristalizaba dentro del cráneo de Marcello como si de un epoxi energético se tratara: de un lado una bandeja llena de bocadillos de afecto, del otro lado una caja repleta de bombones del desprecio y en el medio, como producto inesperado de la combinación de los ingredientes previos, el mejor solo de potencia deforme jamás interpretado.
Se buscan trombonista y saxofonistas taquigráficos; músicos con buen tempo, abstenerse.
Quien hubiera estado con un metrónomo escuchando un show de Los Intocables, hubiera pensado que el aparato que le habían vendido envejecía años en segundos, es decir que a medida que avanzaba el tiempo se ralentizaba y escupía menos pulsos por segundo, lo que hubiese a su vez generado la loca idea de que nosotros acelerábamos. Si la primera hubiera sido su conclusión, obviamente hubiese errado de cabo a rabo.
Lo que en realidad sucedía es que se daba un peculiar proceso en la máquina del tempo interna de nuestro baterista Nitti Mangieri.
Esta máquina, que estaba alojada justo sobre la pituitaria del músico, no era digital -estamos hablando de hace 21 años, listillos- sino operada por Puchín Puchón, el hámster del Bebe Ferreyra.
Su funcionamiento era bastante básico: Puchín, subido a su ruedita de ejercicios, corría a morir hasta que por fin lograba elevarse unos pocos milímetros, lo que le daba acceso a unos gramos de paco, y ahí sí, le pegaba más duro aún, hasta acceder a unos gramos más. Este proceso tenía forma de loop, es decir: a cada segundo, Puchín metía más paco en su sistema nervioso, lo que lo hacía prácticamente volar y superar con un factor de cinco la velocidad de una cheeta de la sabana. Al final del show al pequeño animalito había que reanimarlo con descargas de 3000 wats.
No sé si he sido del todo claro: Nitti aceleraba el tempo durante cada tema de forma demencial, tal como lo hubiera hecho Carlos Menem si un médico le decía: “Carlos, si se apura, yo le prometo que le doy una pastilla que hará que se le pare una vez más”.
Si bien esto sucedía en todos los temas -el bolero “La noche está sobre nosotros” terminaba en vivo como un “bolero-trash” (con Clody con mejor dicción que Tato Bores)-, en el caso de “Gangsters Modernos”, al menos para los vientos, la cosa se ponía muy compleja.
Para hacerse una idea correcta de lo que pretendo transmitir, por favor escuchen el arreglo de vientos de ese tema e imagínenlo a casi el doble; una vez que lo hagan, vuelvan a escucharlo intentando que cada nota coincida con un movimiento de un dedo (sí, sí, gesticulen), y cuando terminen este ejercicio -terminarán rápido, créanme- repítanlo pretendiendo que cada movimiento de cada dedo no sea casual, sino que responda a una nota escondida en algún lugar dentro de un saxo.
Jodido, ¿no?, bueno, ahora intenten dilucidar lo que era para el Bebe, que ni tenía la posibilidad de meter dedos sino que debía mover la vara y accionar cambios con la embocadura a la misma velocidad en que un fax le “cuenta” una foto a otro fax…
Todo esto sólo para decirles porqué Marcelo Ferreyra gritaba frenético la orden: “¡¡No tocamos!!, ¡¡No tocamos!!” una décima de segundo antes que tuviéramos que entrar al pasaje más álgido del arreglo y miraba con encono al altísimo baterista.
Desconozco qué pensaba el resto de la banda cuando nos veía las bocas sin instrumento alguno y apenas con unas tensas sonrisas…
“¿Con la farmacia?, dígame, ¿qué actúa más rápido, el prozac o el valium?… Bien, mándeme cinco cajas de valium entonces”.
En no pocas oportunidades nos hemos visto inclinados a llamar a la señora de Morolla (me refiero a la señora madre de Napo) para suplicarle que no le sale más las papas fritas con heroína ni que le siga friendo la merluza en Napalm.
Esto pensábamos después de cada show en que Napo le arrancaba los instrumentos al brass como parte de una danza malévola, ahorcaba a la vocalista mientras ésta cantaba, empujaba a todos y cada uno de los músicos, le movía todo el kiosco a Kovalsky y emitía sonidos guturales por el micrófono como parte de un muy personal y poco claro lenguaje inarticulado.
Es justo decir sin ironía alguna que Napo era uno de los miembros que más trabajaba en su performance en su vivo (lo mismo le daba convocar a los Bomberos Voluntarios de La Boca que ponerse a localizar disfraces deformes con cero presupuesto; en el diccionario de Javier Morolla, la palabra “tedio” no existía). No obstante, la presencia del dancer era siempre intranquilizante para varios miembros: no había certeza de qué cosa tenía lugar después de otra en su devenir mental.
Recuerdo un show para el que Napo había ideado una serie interminable de osados movimientos fallidos alrededor de los vientos. El dancer se movía sin cesar describiendo una danza -a todas luces iniciática, aunque sólo nos iniciaba a todos en el odio- que incluía chocarse una y otra y otras veinticinco veces con la campana de mi saxo (nunca supe si el efecto estético de esto era maravilloso y refinado para el público); lo cierto es que mi boca terminó unos tres centímetros y medio más grande hacia ambos costados debido a los radicales golpes de la boquilla contra mis comisuras.
Estábamos interpretando el Western Special -tema instrumental en donde los vientos no dejan de tocar jamás, para suerte de Napo- y Marcelo Ferreyra también tuvo que lidiar con las colisiones del aeróbico bailarín contra la vara de su trombón; ¿Hace falta que describa la cara de nuestro trombonista?
Hubo un show particularmente poco feliz (para los músicos y para el arte en su conjunto) en donde Morolla se debatía entre asfixiar a Clody sujetándola del cuello, moverle los timbales y las congas a Bam Bam mientras éste intentaba embocar los golpes, producir separaciones no recomendables entre los instrumentos de viento y las bocas de quienes los tocaban y pisar los cables del bajo y la guitarra. Esa noche todos nos prometimos telepáticamente aprender kick boxing y cuchillería circense, hasta que el gigante Kovalsky decidió pasar a la acción: salió de su set de percusión como un bisonte y ¡empujó a Napo para hacerlo caer del escenario! Nada le importó que éste estuviera a unos cuántos metros del suelo… ¿O acaso fue esa su principal motivación?
Un ping-pong altamente desaprobatorio.
Uno de los ingredientes del show deforme que yo más disfrutaba, era un ida y vuelta, un mano a mano que tenía muchas veces con Bam Bam Giménez.
Él estaba siempre en el extremo opuesto al de los vientos, y un buen día, vaya Dios a saber por qué, cada uno comenzó a desarrollar una serie de gestos sutiles de enorme desaprobación con respecto a la performance del otro. Esto es: Bam Bam me miraba a mí después de yo haber tocado algo con cara de “¡Por favor!, ¡Qué DEFORME!” y yo esperaba alguna intervención percusiva de su parte para dirigirle alguna expresión de: “¡Madre mía!, ¿Por qué he de tolerar esto?”
Todas estas comunicaciones debían pasar totalmente inadvertidas para el público -y para la mayoría de Los Intocables también- y basarse sólo en un código gestual disimulado.
Recuerdo una performance de Kovalsky en especial que me provocó bastante risa -cosa complicada, puesto que tocar el saxo bajo la pérdida de la moral no es posible-: el percusionista me miró casi con desprecio, se puso de espaldas al público y comenzó a gesticular insultos tremendos como mirando hacia otro lado; lo poco que pude leer de sus labios, decía: “¡Será infeliz este Pollo y la p…!”
Como verán amigos, esta arquitectura de show repartía una serie de perlas pequeñas, sólo visibles para quienes las buscaran con afano desde arriba del escenario.
Por favor que no signifique esto que la mayor devoción y entrega no se hallaba dirigida al generoso público -el sólo hecho de que estuviera allí ya era suficiente prueba de su generosidad-, sino muy por el contrario que para un grupo tan dado a la bicoca e imbecilidad intelectual, ¿Qué más valioso tesoro habría para entregar que un verdadero show deforme?

18 Comments
Sir Blake, muy bueno el relato. Habría que agregar los epítetos que largaba Mr. Von Nap Velazquez por los monitores, sumado a los gritos de Nitti Mangieri antes de cada tema “qué tema viene nene!!!??” ya que no veía nada, y también cuando Mangieri le gritaba a Juan “gordo largá las pastas” al ritmo de “me hunde y me aplasta”…
Lebeat, hace tres noches que no duermo pensando en que por cada deformidad registrada, quedan otras 31 fuera de pantalla… creo que prefiero contar el número de papilas gustativas de todas las lenguas de todos los vacunos de la pampa; con retroactividad al año 54…
¡Pero qué máquina de registro tan sofisticada tiene Ud. amigo Blake! ¡Magistral relato! Confeccionó como un relojero divino una detallada resurrección de recuerdos, destapando así vivencias ocultas en los vericuetos de mi patética red neural. Cuando nos lanzábamos esos tiritos de agresiones vitriólicas, recuerdo una de las puestas en acto que me encantaba especialmente era darme vuelta, entrecruzar mis manos en un ruego retemblante y lanzar jaculatorias al cielo para que me libre de tamaña deformidad.
A propósito de Secciones de Brass.. ¿quien hace el solo de saxo en “La Noche Está Sobre Nosotros?. Está muy bueno!
Ese solo lo hace el saxo de los Midtown Horns, el brass que grabó en Nueva York y que era habitualmente convocado por Daniel Freiberg.
Si no se me confunden los papeles, el saxo era Andrew Drelles, el trombón Jay Ashby y la trompeta Dave Rogers…
Gracias! Está muy logrado ese sonido.
El orden era así nomás:
http://www.myspace.com/jayashby
http://www.ibdb.com/person.php?id=389188
http://www.ibdb.com/production.php?id=4662
Ese solo lo hace el tirolés, pero como se lee en la historia… siempre hubo un poco de envidia entre la brass.
Bueno, ya que estamos en ronda íntima de amigos, me permito señalar que el máximo encono, competencia y resentimiento se daba en el rol del bajista…
Sí, “bajos” instintos los de estos instrumentistas; no en vano una de las historias más calladas en el ámbito de Los Intocables es la que relata cómo cierto bajista le ganó espacio a otro para terminar tocando…
¡Ah! y ese solo, en vivo lo tocaba yo, no sólo porque era un capo, sino porque las chicas me consideraban más sensual que Fausto Papetti, además de admirar la forma de mi mentón, que según cómo le diera la luz, era bastante atractivo…
Bueno, recavando en “los secretos del show”, no seré yo -persona con una alta educación británica- la que comente los nombres que nuestro imaginativo stage, le ponía a la lista de temas.
Os dejo a vosotros, mis inquietos compañeros, develar este oscuro pasaje de nuestra historia.
Por favor Clodyn, nos consta a todos tu paso por el King Edward VI High School for Girls en el Reino Unido, pero no nos dejes SIEMPRE el trabajo sucio a nosotros…
Es cierto, es cierto ! Doy fe de haber visto a Claudita “la catalana” (como le decían lo’ pibe’ latino’ que paraban en el Tottenham Square) una tarde de primavera de 1977 saliendo del “King Edward VI High School for Girls” con su pollerita a tablas bordó-verde-amarelho- y su camisita blanca manga corta con el escudo ahí donde más nos gusta a los hombres…la corbatita desprendida y el blazer bordó en la mano…iba caminando en zig-zag mientras cantaba bajito la versión gaélica de “es que me muero por tener algo contigo” de MM-Serra-Lima (cuando era flaca)… Esas imágenes de colegiala felíz quedaran grabadas en mi mente por los siglos de los siglos…shalom !
Es cierto, es cierto ! Doy fe de haber visto a Claudita “la catalana” (como le decían lo’ pibe’ latino’ que paraban en el Tottenham Square) una tarde de primavera de 1977 saliendo del “King Edward VI High School for Girls” -ubicado en el barrio de Tottenha- con su pollerita a tablas bordó-verde-amarelho- y su camisita blanca manga corta con el escudo ahí donde más nos gusta a los hombres…la corbatita desprendida y el blazer bordó en la mano…iba caminando en zig-zag mientras cantaba bajito la versión gaélica de “es que me muero por tener algo contigo” de MM-Serra-Lima (cuando era flaca)… Esas imágenes de colegiala felíz quedaran grabadas en mi mente por los siglos de los siglos…shalom !
..mmm ó sea que la letra de “No No Puedo” fué un hecho verídico ocurrido por las calles de Londres y no en “La Venecia Argentina” de Villa Crespo?
HAY CHANCES QUE VUELVAN LOS VERDADEROS INTOCABLES????
Cheers!
¿Te refieres hijo mío a los originales? ¿Deseas volver a escuchar Don José? ¿Lo crees necesario?
(…por Dios, que no responda afirmativamente…)
Hablando de shows… hace pocos días tuve la suerte (no aclaro si buena o mala) de tocar con una banda de ska en un ignoto antro del barrio de Villa Crespo, y no pude dejar de recordar varias de estas anécdotas. Juro que la deformidad estaba presente, y se hacía notar. Será una cuestión barrial? o algo inherente al mundillo two-tonero?
Un saludo, y continúen con esta gran tarea, que es de enorme satisfacción para el universo mutante.
Amigo Felini, una ventisca de fresca alegría me rodeó al leer tu mensaje; ¿que la deformidad goza de buena salud?, ¿que su domicilio -o al menos una de sus zonas de influencia- sigue estando en Villa Crespo?, ¿que no pertenecemos los que esto editamos a un mundo extinto? ¡Felices noticias Felini!
Gracias por esta crónica importante y un gran abrazo…