Es digno de mención… (¡Qué cosa curiosa!, pero a veces el azar produce extrañas soldaduras, fíjense que lo que acabo de decir sería muy interesante para los psicoanalistas lacanianos: digno de mención. Demención, una demencia gigantesca, colosal, garrafal, pero dicha con dignidad. De algún modo una definición posible para nuestras afiebradas maquinaciones mutantes). Decía que es digno de mención referirnos al resplandeciente influjo que la mutancia ejerce sobre nuestras vidas. En cualquier circunstancia uno intentaría encerrar bajo doce llaves el episodio que a continuación voy a narrarles, sin embargo, en este ámbito uno se relaja y corre los cortinados de sus propios actos vergonzantes, para que Ustedes, diabólicos golfillos, puedan al menos esbozar una sonrisita de conmiseración hacia mi persona. Es importante aclararles que mis excesos nunca fueron más allá del Nestum, un par de cartones de Cepita y alguna sobredosis de Cindor con el amigo Lebeat. Bien, dejamos la charlatanería y comenzamos ahora mismo con el relato, que se refiere a las extrañas consecuencias que puede tener el hecho de descabezar un sueñecito con código mutante…

La tierna juventud nos provee de reservas impensadas en la adultez. Entre ellas estaba mi inclinación hacia la nocturnidad crepuscular, en la que nunca me dormía antes de las 6 am. Una inclinación no demasiado bien recibida por mi familia. Mi viejo escupía fuego por la boca y gesticulaba como un poseso, al ver que mientras él se preparaba para salir al trabajo yo recién me acostaba, mis hermanos que debían caminar con patines y bajar la voz como si fuesen monjes benedictinos, y mi vieja que tenía prohibido ingresar en mi alcoba. Sin olvidar al pobre Nicolita (mi perro), que tenía que esquivar los cascotazos que le tiraba
desde mi ventana cuando ladraba sin parar.
Época veraniega, mi familia entera de vacaciones en la costa, un día de semana como cualquier otro, y en las postrimerías de la grabación del segundo disco de la banda: Antihéroes, en los estudios Panda. Juan y Ricki organizan los ensayos pre-grabación para tener bien afiatada a la monada, tratando de no dejar ningún cabo suelto. Y nos recomiendan, al finalizar un ensayo, una y mil veces a todos que en el próximo ensayo seamos pun-tua-les, estrictamente pun-tua-les. Nos miramos todos sin comprender a qué venía tanta recomendación. En definitiva no podíamos modificar de la noche a la mañana varios años de vida desordenada por un simple disco. Incluso Monseñor Pollo, medio cabrero les dijo: No se preocupen, ¿quién
les va a dar una inseguridad tan segura como nosotros? Y Nitty Mangieri, que podía prenderse un faso abajo del agua, les dispara con su humor vitriólico: Ricki, ¿porqué no nos mandás un memorándum?, y vos gorrrdo otario (por Juan)…, ¿así que ahora te volviste metódico?… quién te ha visto y quién te ve gorrrdooo, je-je…
Partimos cada uno para su casa con el peso de la responsabilidad encomendada por nuestros líderes (seamos sinceros, el peso a duras penas excedió los 25 miligramos). Bien, llego a casa, me preparo unos fideitos con manteca acompañado con Ki-ki-ri kí (jugo concentrado de “frutas, muchas frutas” que hacían en Saenz Peña), me pongo un disco de Sambaquipildor y doy vueltas por mi casa hasta las 4 de la madrugada. Me digo: hoy me acuesto tempranito así mañana estoy bien descansadito. Pongo el reloj a las 6:00 pm y me tumbo en la catrera a contar musarañas. Finalmente me duermo como un leño.
A las 6 de la tarde suena el irritante despertador, un nervioso gallito electrónico que pone los pelos de punta. A pesar de haber dormido casi 14 horas estaba fusilado, los párpados me pesaban como dos persianas de fierro. Me arrastro hasta el baño, me restrego los ojos y me miro al espejo: tenía la cara de Adolfo García Grau, una ruina humana. No podía ser, duermo como Walt Disney y estoy más cansado que nunca. Me lavo la cara, me cepillo los dientes para sacarme un poco el aliento de puma, bostezo, me visto, bostezo y salgo rumbo a la estación Saenz Peña para tomar el tren. Pido un boleto, bostezo, y subo al tren que estaba cargadísimo (apretadísimo y muerto de calor, odiaba a la humanidad toda, y pensaba en mi
amigo Monseñor Pollo, quien soñaba con hacerse un traje con hojas afiladísimas de cuchillos para caminar por los vagones desangrando pasajeros). A medida que el tren avanzaba, iba notando que el sol se comportaba de un modo “muy pero muy singular”. Pero la modorra amortiguaba aún más mis limitadas facultades mentales, así que puse la mente en piloto automático y ya. Llego a Paradero Chacarita y encaro para Thames. Pocos metros antes de llegar a la sala me despierta un olor nauseabundo procedente de los laboratorios del doctor Grey (escucho una vez más la voz del Pollo diciendo: ¿que hay dentro de las heladeritas del doctor Grey?). Llego a la puerta y pulso el timbre. Nada. Toco nuevamente, bostezo… la
nadie. ¡Qué raro! Entro a los garrotazos contra la puerta y escucho la voz de Clody, que en esa época vivía en la sala, que me dice: eh, eh, eh, un momentooo. Abre la puerta y la veo muy elegantemente vestida. Me dirige una mirada con la compasión de la madre Teresa de Calcuta y me dice: ¿Pablo, qué hacés acá? Eh, vine a ensayar. ¡Pero Pablo… son las 7 y 30 de la mañana! Ah, sí, sí… no me quise retrasar… vine un poco más temprano… 12 horitas antes…

4 Comments
Kovalsky, desde que hablamos por primera vez de este Back2Square1 en el 2004 y lo comenzamos hace 2 meses, me he reprimido una y mil veces de no ventilar tu inquietante estado mental de esos tiempos; (el de ahora no es “inquietante”, es “a-lar-man-te”) pero bueno, roto el hielo…
Es por eso que Kovalsky fue receptor de semejante frase “Eeeehh… este pibe es un insomne”, seguida por un “¿Qué te pasa pibe?”
…como olvidar ESE día…
Me estaba preparando para ir a trabajar (¡¡¡ah, si!!! yo aparte trabajaba…) tomándome un tecito a eso de las 7 de la mañana y toca el timbre Blín con la cara de “Almohadas Suavestar” y me dice: “Vengo a ensayar”.
Por supuesto lo hice pasar, desayunó, y lo fleté para la casa con la ilusión de que algún día superara sus graves trastornos psicológicos.
Lamento decir que al día de hoy esto no sólo NO SUCEDIÓ, sino que empeoró gravemente…
A ver a ver mis queridos muchachos, aún no comprendo porqué me adjudican el mote de lunático, ¿acaso porque llegué 12 horas antes a un ensayo? ¿Y qué son 12 horitas para una secuoya o para un sempiterno planetoide? Una nimiedad, nada. Lo sé, lo sé, no soy secuoya ni planetoide… ¡Pero soy el joven maravilla!