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	<description>Los Intocables &#124; anecdotario</description>
	<pubDate>Sun, 25 Jul 2010 19:00:31 +0000</pubDate>
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		<title>Esa chica me recuerda a Roberto, ¡Carlos!</title>
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		<pubDate>Sun, 25 Jul 2010 19:00:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alexander Blake</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Entorno]]></category>

		<category><![CDATA[Bam Bam]]></category>

		<category><![CDATA[Monseñor Pollo]]></category>

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		<category><![CDATA[Rupert]]></category>

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		<description><![CDATA[<img src="http://backtosquare1.co.uk/nuevo.gif" width="37" height="10" align="absmiddle" />Aparentemente quería reunir un millón de amigos pero no, su nombre no era, claro, Roberto Carlos; <b>just "Roberto"...</b>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No sé si esto que les digo les sonará bien o mal, pero voy a decirlo de todas formas: el <strong>Back2Square1</strong> ha reunido recién aproximadamente un veinte por ciento de todas las anécdotas registradas por nuestra tradición oral.<br />
Eso significa que queda aún mucho por contar; que lo hagamos efectivamente, que tenga algún tipo de valor para ustedes o que le interese siquiera a alguien, es otra historia&#8230;</p>
<p><img class="alignnone size-full wp-image-685" title="rupert" src="http://backtosquare1.co.uk/wp-content/uploads/rupert.jpg" alt="" width="440" height="200" /></p>
<p>Todo aquel que haya tocado -o cualquier otra actividad que lo lleve sobre un escenario, bajo unas luces, frente a un micrófono, cámara o detrás de un atril cualquiera-, sabe de primera mano que existe una sub-raza de personas que se sienten súbitamente atraídas por el momentáneamente notable, cosa que en absoluto tiene que ver con el valor o talento de éste, sino sencillamente con esa dulce fragancia a fama que le ha sido vaporizada, aparentemente, sobre el cuerpo.<br />
Me refiero al &#8220;<strong>efecto radiador</strong>&#8220;, ese que produce que se te peguen aquellos que, sin saber demasiado bien hacia dónde iban o qué hacían, terminan su revoloteo al lado tuyo; sólo para compartir &#8220;lo que sea&#8221; y siempre bajo el total desconocimiento de quién sos.<br />
Una noche, luego de un show en un atestadísimo local de -probablemente- Paso del Rey o Ituzaingó, en el oeste bonaerense, nos encontrábamos reunidos Los Intocables en un backstage pequeño pero acogedor.<br />
El clima era exultante y por demás alegre, tal vez con ciertas leves tonalidades etílicas aterciopeladas, perfecto para entonar a viva voz el tema &#8220;Yo te avisé&#8221; de Los Fabulosos Cadillacs.<br />
En rigor de verdad, quien cantaba esa bella página era el inefable Rubén Ribero, un agente infiltrado de nuestra agencia de contrataciones que, en el reverso de la portada del segundo disco de la banda, figura con el llamativo cargo de &#8220;líder espiritual&#8221;.<br />
Ribero -ya un hombre mayor-, saltaba de aquí para allá gritando &#8220;<em>¡¡¡Yo te avisé y vos no me escuchaste!!!</em>&#8220;, hasta que en un determinado momento, entre Kovalsky y yo, sin que nadie supiera quién era ni de dónde había salido, apareció tímidamente sentada una morena muchacha en el sofá en el que estábamos.<br />
Juro que al menos yo no la vi entrar al recinto ni ubicarse en ese sitio; simplemente se materializó allí, sin decir nada, sin tener nada que decir, sin mostrar demasiado interés por ninguna cosa o persona.<br />
Ese era el efecto radiador, no cabía duda, el que hacía que alguien se te adhiriera sólo porque no se le ocurría algo mejor para hacer en ese momento.<br />
Lo que sucedió a partir de ese instante, fue un encadenamiento de actos coordinados por una aparente capacidad telepática, que no era otra cosa que el manejo de un código muy aceitado.<br />
Al noticiarnos de la presencia de nuestra nueva y espontánea amiga, sin mediar palabra, nos miramos con Bam Bam y comenzamos a pedirle a Rubén Ribero que NO apague la luz.<br />
Ribero, que jamás había tocado el interruptor de la luz en toda la noche, interpretó lógicamente la súplica que le decía: &#8220;<em>Ribero, por favor no apagues la luz</em>&#8220;, como un pedido expreso de oscuridad momentánea.<br />
Y así efectivamente lo hizo: apagó la luz por unos cinco segundos, tiempo más que suficiente para arrojarle a nuestra amiguita todo lo que contenían nuestros vasos.<br />
Al encenderla, Rubén &#8220;Road&#8221; Ribero retomaba su canto y con Kovalsky volvíamos a entablar una conversación sobre el correcto agarre de palos o el promedio de vida de las musarañas, obviando por completo la presencia de la chica que se hallaba sentada entre nosotros.<br />
A los pocos minutos, el pedido volvía a dirigirse al fabuloso cantor: &#8220;<em>Rubén, en serio, no apagues la luz</em>&#8220;, y una vez más, cubiertos por la súbita negrura, algo se proyectaba sobre el cuerpo de la joven bonaerense.<br />
Esto sucedió unas tres o cuatro veces, y cada nueva iluminación de la habitación permitía ver a una más mojada criatura, empapada de gaseosas varias y cerveza en una ronda, llena de cubitos por la espalda y el escote en otra&#8230;<br />
Lo curioso -y lo que nos llegaba a fascinar con Bam Bam- era que la víctima no reaccionara de forma violenta o intentara huir de ese sitio lleno de personas que la malquerían. Estaba estupefacta, eso sí, con ciertos espasmos térmicos, también, pero sin la más remota decisión de apartarse.<br />
Cuando tirarle variedad de cosas y fingir luego que nada había pasado dejó de ser interesante, lo que se convirtió en nuestra debilidad fue indagar en su psiquis: &#8220;<em>¿Quién eres tú, angélica presencia local?, ¿Qué te trae a estar aquí?</em>&#8221;<br />
De esta manera Kovalsky la saluda como si acabara de verla, e indaga por su nombre. La chica responde a lo preguntado y nuestro percusionista practica una prodigiosa contorsión lógica respondiendo: &#8220;<em>Ah, hola ROBERTO, mi nombre es Bam Bam y él es el Monseñor Pollo</em>&#8220;.<br />
La joven no sabía por dónde empezar a deshilvanar aquello: ¿Roberto?, ¿Bam Bam?, ¿Monseñor Pollo?<br />
Ahí mismo aclara que ella &#8220;no se llamaba Roberto&#8221;, sino ¿Lucy?, ¿Norma?, ¿Esther? (no lo recuerdo y me tortura que así sea), a lo que Kovalsky reitera que sí, que ella era Roberto, que él entendía perfectamente a qué se estaba refiriendo.<br />
Acto seguido nos indican que debemos subir al bus para retirarnos dignamente cual stars, por lo que materializamos un trenecito entre todos -no tan digno ni de tan stars- cuidando de que no se nos escapase Robert (peligro que no existía, créanme).<br />
Y así llega nuestra beldad al celebérrimo micro del Turco, donde se pudo finalmente comprobar que el objetivo de nuestra femenina Rupert era, ni más ni menos, casarse con Bam Bam Giménez.<br />
A partir de aquí sólo referiré lo que siguió sin detalles y por oídas; lo primero por aprecio al buen gusto y lo segundo porque al tardar veintidós años los plomos en subir todos los equipos, decidí ausentarme con Clody y El Tirolés rumbo a nuestras respectivas casas y por nuestros medios.<br />
Se dice que Bam Bam convenció a la joven Roberto de que todos los presentes eran <em>socialistas</em> (sic) -dando una extralimitada acepción al término- y que todo lo compartían; hasta aquí llego.</p>
<p>Semanas -largas- más tarde, debíamos tocar en otra próspera y pujante localidad de la Provincia de Buenos Aires, -sé que suena pedante mi ironía, pero recuerden que nací en cuna de oro en <strong>El Principado de Saenz Peña</strong>- por lo que todos debíamos darnos cita en Thames tres veinte para salir en nuestro bus seis estrellas.<br />
Tomo ya de noche el tren rumbo al Paradero Chacarita -que no estación, sólo &#8220;paradero&#8221;- y al bajar en el mismo, veo sentada en un banco ni más ni menos que&#8230; <strong>¡A Rupert!</strong><br />
Apenas focalizo su no demasiado expresivo semblante, -Bob llevaría allí sentada no menos de un par de horas- me propino a mí mismo un par de cachetadas del tipo Pepe Díaz Lastra para comprobar que aquello no era un sueño.<br />
Ocurre que lo que imaginé instantáneamente -y luego comprobé- fue que el maléfico Kovalsky le había dicho a Robert, ante la segura insistencia de ella por verse y discutir detalles sobre la inminente boda, que se encontraran &#8220;<em>dentro de cuatro semanas en la estación Chacarita del San Martín a eso de las diez de la noche</em>&#8220;. La vaguedad de la instrucción era malintencionada, pero el amor, amigos, ¡Todo lo puede!<br />
Y allí estaba yo, para oficiar de agente y socio de Cupido y hacer todo lo buenamente posible para que la pareja -como bien hubiera apuntado otro Roberto- finalmente se formara.<br />
Al acercarme a ella, le digo con timidez: &#8220;<em>Disculpame, ¿vos sos la novia de Bam Bam?</em>&#8221; Al responderme ella con luz diáfana en sus ojos que sí, le informo que su prometido me había enviado para conducirla ante su presencia.<br />
Esta cadena feliz de casualidades jamás fue creída por Kovalsky, quien hasta el día de hoy piensa que o llamé a Roberto y pacté el encuentro o hasta la pasé a buscar por su casa con una limusina. De nada me sirvió jurarle que no tenía su número telefónico ni que era yo un abyecto personaje.<br />
Lo cierto es que allí estábamos los dos, Rupert y yo, caminando por la Avenida Corrientes rumbo a Thames; me sentía como un jovial jilguero. Al llegar -como sólo lo hacíamos unas dos horas después de lo pactado y no cinco-, nos encontramos con que aún no se había apersonado nadie, por lo que nos proponemos sentarnos a esperar.<br />
El primero en llegar es, vaya morisqueta del destino, Rubén &#8220;Noche&#8221; Ribero, a quien le presento a Roberto en su papel de &#8220;la novia de Bam Bam&#8221;.<br />
A partir de aquí se desata una actuación delirante de Ribero, quien se muestra progresivamente disgustado con el percusionista, acusándolo de los más bajos delitos económicos.<br />
&#8220;<em>¿Bam Bam?</em>&#8221; preguntaba irritado, &#8220;<em>¡Ese es un atorrante!</em>&#8221;<br />
Yo, sinceramente consternado -imaginen la cara de Bob- intentaba mediar: &#8220;<em>Pero Rubén, ¿Por qué decís eso?</em>&#8220;, a lo que él improvisaba cosas como: &#8220;<em>No, no me hagas hablar en frente de su novia&#8230;</em>&#8220;, para añadir luego de un silencio tenso: &#8220;<em>Ese Bam Bam&#8230; ¡no sabés lo que le hace a la madre!&#8230; ¡le prestó siete australes y le cobra un interés del doscientos por ciento mensual!, ¿A vos te parece?</em>&#8221;<br />
Rupert apenas atinaba a acotar, con una buena carga de anhedonia, cabe decir, cosas como &#8220;<em>Nunca lo hubiera creído de Bam Bam</em>&#8220;, cosa que ayudaba a regenerar el ciclo de llamada-respuesta.<br />
Acto seguido, Robert saca de una bolsa de plástico una malla negra, enteriza pero con un más que radical escote y en un estado de conservación deplorable, como si la hubiera rescatado de un burdel de Bagdad, luego de algunos de los fuegos de la guerra.<br />
Con una inocencia patológica, nos cuenta a Ribero y a mí que un amigo de Bam Bam llamado Mac se la obsequió para que se la pusiera en casa de éste. Abatidos, nos preguntamos con Ribero si Kovalsky acaso quería buenamente a esta muchacha o si más bien no sabía de qué forma sacársela de encima.<br />
Al cabo de un largo rato van llegando todos Los Intocables, a quienes se les va presentando uno a uno a la joven prometida y a quien el status de &#8220;la futura Señora Bam Bam&#8221; le hacía muchísima ilusión.<br />
Cuando por fin llega el percusionista pretendiente y comprueba la presencia de su amada, sus ojos, cuales láseres lacerantes enfocan mi persona, a la que dirige un trabado y lacónico: &#8220;<em>Pollín, esto no tiene nada que ver</em>&#8220;.<br />
Sin permitirme ensayar algún tipo de descargo, Kovalsky subió a Rupert a su Renault 12 color azul sujetándola fuertemente del brazo y nunca más supimos ella.<br />
Sí, no con poca tristeza debo decirles que esta bella pareja, ni prosperó ni me hizo tío&#8230;</p>
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		<title>Nunca digas: &#8220;No, no hagamos un video así&#8221;&#8230;</title>
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		<pubDate>Sat, 29 May 2010 21:00:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alexander Blake</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Entorno]]></category>

		<category><![CDATA[Bam Bam]]></category>

		<category><![CDATA[Clody]]></category>

		<category><![CDATA[Monseñor Pollo]]></category>

		<category><![CDATA[Nora Carola]]></category>

		<category><![CDATA[video]]></category>

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		<description><![CDATA[Sin luces -en todos los sentidos-, casi sin cámara <b>pero pródigo en acción</b>, se grabó hace 23 años el primer video de Los Intocables.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Todos teníamos claro que semejante banda, que semejantes músicos debían quedar documentados en un video. Fin, eso era todo lo que teníamos claro.<br />
Con el afán de vernos involucrados en interminables jornadas entumecedoras de pómulos y devastadoras de abdominales, se toma la decisión -desde la banda, no como sugerencia de RCA- de tener un video del primer corte de difusión del primer disco: <strong>Nunca digas no</strong>.</p>
<p><img class="alignnone size-full wp-image-680" title="Guión &quot;Nunca digas no&quot;" src="http://backtosquare1.co.uk/wp-content/uploads/video.jpg" alt="" width="440" height="200" /></p>
<p><strong>Un guión para perderse.</strong><br />
Para desandar el camino que nos dejaría felizmente a todos reunidos frente a una pantalla, y disfrutando de una pieza audiovisual dura de interpretar, Clody comenzó proponiendo a una amiga suya de la infancia que había estudiado y se desempeñaba como docente en el Instituto de Arte Cinematográfico de Avellaneda.<br />
Hablo de la inefable -vaya ejercicio- Nora Carola Tarragona, carácter que merece -y lo tendrá- un espacio propio en este anecdotario.<br />
Luego del apoyo explícito o tácito a la propuesta de Clody, una tarde se cita a la señorita Tarragona a la sala de Thames 320 para comenzar a esbozar un guión.<br />
Creo recordar que un día de semana (nos sirve ahora decir que fue un martes, por ejemplo) a eso de las 16:00 o 17:00 hs -¡tiempos ociosos vivíamos, amigos!- llegó Nora Carola con su inseparable amiga: María Oshiro, alias &#8220;la japonesa&#8221; (¡!).<br />
De parte de Los Intocables estábamos sólo Alejandro Napia Velázquez y quien esto escribe. La única que tenía la ausencia justificada era Clody -sólo ella trabajaba además de tocar-, lo que me hizo ver, por si hiciera a esa altura falta, que los muchachos de Eliot Ness eran grandes saltadores al vacío: el guión del video les importaba menos que perderse Señorita Maestra o la publicidad de la muñeca Mimí en televisión (sí, esa que se bañaba con esponja y espumita).<br />
Con esta escasa representación de nuestra parte, comenzó una reunión que me dejó espantado en el segundo tres, y que seguiría con esta tónica hasta después de terminado el encuentro. Tarragona y Oshiro desgranaron un guión -habían ya trabajado en la propuesta- que incurría una y otra vez en la ilogia, la anomia, la disolución del sentido común, la negación del pensamiento estructurado, el empobrecimiento de la cognición, la anhedonia en relación a la claridad y hasta el simple delirio en estado de total pureza.<br />
En esta reunión nos noticiamos con Napia que la soda era la bebida ska argentina, la que, naturalmente, destronaría a la tradicional cerveza (¿?), que la policía secuestraría a algún miembro de la banda enrollándolo en una alfombra (más ¿?) o que se establecería una esotérica conexión entre Los Intocables y El Corto Maltés (sí, ¿? y ¡!).<br />
Personalmente tenía pensado otro tipo de cosas, pero conforme pasaban los minutos me iba convenciendo de que cuanto más deforme el guión, más apropiado para nosotros y más excitante el rodaje&#8230;</p>
<p><strong>Un camión repleto de bebida ska argentina.</strong><br />
Ya dije que para las guionistas la soda (de sifón) era la bebida ska argentina, de manera que para este video debían localizarse cantidades ingentes de bebida ska, de más está el hecho de decirlo.<br />
Esto se logró en el barrio de Pompeya, donde un inocente propietario de un camión de reparto de sifones, nos cedió irresponsablemente la fuente de su manutención.<br />
Nora Carola y la oriental Oshiro habían fantaseado dos escenas complejas: que Napo bailoteara SOBRE los cajones de sifones y que Bam Bam lo hiciera SOBRE el techo de la cabina del camión.<br />
A Napo -quien en aquella época era capaz de beber veneno o de montar un mueblecito a martillazos sobre la cabeza de un Exocet-, ni se le pasó por la mente decirle que no a las videastas, de manera que durante unos 10 minutos se dedicó a poner en riesgo sus metatarsos y articulaciones haciendo un equilibrio audaz -suicida- sobre los sifones del pobre repartidor.<br />
En cuanto al skanking de Bam Bam, recuerdo que se desarrolló en un entorno de extrema tensión, ya que Tarragona gritaba desde detrás de cámara a Kovalsky para que se moviera más y más (tal vez con la ilusa ilusión de que Giménez alcanzara el nivel de irracionalidad de nuestro dancer o la performance del moreno Leroy de Fama).<br />
Lo que ocurría es que el techo de la cabina del camión tenía un comportamiento retráctil -al estilo de la pequeña cúpula del LudoMatic-, y no la solidez de una vereda de concreto, como imaginaba la directora. Esto hacía que el joven percusionista tuviera que mantener clavadas sus botitas de gamuza en los ángulos del techo de chapa.<br />
A pesar de todos los esfuerzos puestos en que las escenas de baile fueran admisibles, debo reconocer que el objetivo no fue alcanzado&#8230;</p>
<p><strong>¡Tirá el palo, Nolber!</strong><br />
El casting del video de &#8220;Nunca digas no&#8221; lo componían, naturalmente los miembros de Los Intocables de aquella época -los del primer disco con Hugo Mangieri y sin la presencia del primer baterista-, la hija de nuestro productor ejecutivo Oscar &#8220;cachetazo&#8221; López (aún no comprendo por qué aparecía en el video, ya que su imagen era más similar a la de María Creuza que a la de Pauline Black), el primo de Napo, un amigo de nuestro dancer llamado José María, Andy Villar en el papel de pordiosero (ver -&gt; Andy en Quién es Quién) algunos &#8220;rudies&#8221; extras (como el increíble Balá -ver -&gt; Balá en Quién es Quién-) y quien probablemente haya sido el no-miembro de la banda más notable de la producción: Norberto &#8220;Nolber&#8221; Gasman.<br />
Este auténtico personaje encarnaba a uno de los tres policías que transitan la historia, pero su momento de gloria lo alcanzó hacia el final de la segunda y última jornada de rodaje.<br />
Era una escena que no tenía la mínima posiblidad de quedar bien: se le exigía al actor que -machete en mano- soportara que toda la banda se le tirara encima salvajemente. Él debía padecer el peso de ocho personas que se arrojarían luego de tomar carrera y elevarse en el aire hasta caer sobre su cuerpo, el cual estaba apoyado sobre la vereda de clásicas baldosas tipo &#8220;vainilla&#8221; de la esquina de Thames y Padilla.<br />
Lo peor del caso es que la escena no quedaba como la rigurosa dirección deseaba, de manera que las tomas se repetían una y otra vez, como la promesa de lisiar de forma irreparable al pobre Nolber.<br />
El ánimo del actor caía en picada a la vez que su irritabilidad aumentaba; el resto de nosotros no hacía más que disfrutar a la hora de construir una montaña humana sobre el policía de ficción.<br />
Ya de noche -y obviando flagrantemente que la luz con la que habíamos grabado la escena inmediata anterior era diurna- se decide rodar una toma más de esta escena (digamos la número veintitrés), en la que, es preciso aclarar, el supuesto policía debía arrojar el machete al asustarse ante tamaña aglomeración de personas que se proyectaban sobre él.<br />
Gasman hace lo acordado: al ver que ocho tipos se le tiran encima, arroja asustado el machete lejos de él, cosa que la directora Nora Carola no percibe.<br />
Ya conformada la torre mutante sobre el pobre hombre, desde detrás de la cámara, Tarragona grita repetidamente: &#8220;<em>¡Tirá el palo, Nolber!</em>&#8221; -no pronunciaba &#8220;Norber&#8221; sino &#8220;Nolber&#8221;-, <em>&#8220;¡¡Tirá el palo, Nolber!!&#8221;</em>.<br />
En un arrebato homicida, el tal Nolber sale forcejeando de entre la masa -que en ocasiones entre carcajadas le propinaba alguna que otra patada fuera de guión- y completamente fuera de sí, al mejor estilo Bill Bixby a medio transformar en Lou Ferrigno, grita mirando a cámara: &#8220;<strong>¡¡¡YA LO TIRÉ!!!, ¡¡¡MOGUL&#8230; MOBUL!!!</strong>&#8221; (el pobre sufría evidentemente una disminución en la irrigación cerebral debida al aplastamiento y no podía pronunciar correctamente la palabra &#8220;boluda&#8221;).</p>
<p>No me extenderé demasiado recordando pequeñas instantáneas que regaron aquellas cuarenta y ocho horas de alegría, pero vienen a mi mente la pelea que tuve que protagonizar con dos histriónicos policías forcejeando por un pollo crudo (lucha que gané), de qué manera me masticó el labio inferior una doncella -ante la cual Jairo sería calificado de &#8220;desdentado&#8221;- presionada maliciosamente por el resto de la banda en la única escena hot del video, cómo Bam Bam intenta esconder un naipe detrás de una de sus orejas -y el gesto sólo comprensible para cuatro personas que motiva esto en Juan Velázquez-, y el heroico gesto de Gus al interceptar con su mano un botellazo que tenía por destinataria a la cabeza de Juan, y por autor a un heavy metal que se consideraba dueño de una esquina en la que debíamos rodar una escena.<br />
Sólo diré tres cosas más:<br />
<strong>1-</strong> Lo mejor del video no es el material editado indudablemente, sino el material en bruto (posiblemente perdido para siempre)<br />
<strong>2-</strong> No quiero que parezca esta crónica en absoluto difamatoria o despectiva del trabajo de Nora Carola Tarragona ni de María Oshiro; yo mismo me presté a protagonizar años más tarde &#8220;<em>El Oráculo Tubular</em>&#8220;, de su autoría<br />
<strong>3-</strong> Espero haber satisfecho -o comenzado a satisfacer al menos- el pedido de Aleska del 12 de Enero sobre relatos en referencia a los videos Intocables&#8230;</p>
<p><strong>Una cosa más:</strong> si alguien consigue este primer video, comuníquese inmediatamente con nosotros, será elogiado con energía. Si en cambio lo que logra es conseguir el material en bruto, recibirá algo más eterna gratitud; ponga usted el precio&#8230;</p>
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		<title>La Madre de las Salas</title>
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		<pubDate>Tue, 05 Jan 2010 20:32:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alexander Blake</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Thames]]></category>

		<category><![CDATA[Clody]]></category>

		<category><![CDATA[Gus]]></category>

		<category><![CDATA[Kovalsky]]></category>

		<category><![CDATA[Lebeat]]></category>

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		<category><![CDATA[Silvio]]></category>

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		<description><![CDATA[Todos necesitamos un nombre y un lugar: a lo primero aprendimos a responder "<b>Los Intocables</b>", a lo segundo "<b>Thames 320</b>"...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por algún motivo que se me escapa, Kovalsky suele ponerle nombres mutantísimos a sus perros (ojo, digo &#8220;mutantísimos&#8221;, no injustos); así, su histórico can respondía al nombre de <strong>Nicola</strong> (no tenía cola, de ahí que fuera justo, más no excento de mutancia). A su vez, su simpática compañera perrita actual se llama &#8220;<strong>Gambetta</strong>&#8221; (de nuevo, no es injusta su denominación ya que de no practicar uno gambetas que hasta los bailarines del Bolshoi envidiarían, podría pisarle alguna patita y desatar sin remedio la ira asesina del animalito).<br />
Por algún otro motivo que también se me escapa (miren, a mí se me escapan motivos, a Napo o a Juan se les escapaban jirones aéreos del Infierno, así que no es tan grave), Clody no logra retener el nombre de la perrita de Kovalsky, y cuando quiere referirse a ella, lo hace con los siguientes nombres: &#8220;<strong>La perrita Tarantela</strong>&#8220;, &#8220;<strong>Cantinela</strong>&#8220;, &#8220;<strong>Candilejas</strong>&#8221; y -este no tiene más de cuarenta y ocho horas- &#8220;<strong>La perrita Rabieta</strong>&#8221; (¿?) (¡!)<br />
Bien, lo que acabo de contar no tiene nada que ver con las siguientes anécdotas ni con la sala de Thames, pero es evidente que tenía que compartirlo&#8230;</p>
<p><a href="http://backtosquare1.co.uk/wp-content/uploads/madre_salas.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-667" title="Thames 320" src="http://backtosquare1.co.uk/wp-content/uploads/madre_salas.jpg" alt="" width="440" height="200" /></a></p>
<p>Si hay algo que en mí desata una nostalgia más profunda que la fosa de Mindanao, esos son los recuerdos de cosas vividas en la <strong>sala de ensayo de Thames 320</strong>.<br />
No es que no pasaran cosas maravillosas también en otros ámbitos -basta con recorrer un poco este anecdotario para darse cuenta-, lo que ocurre es que en la sala se precipitaban varios elementos decisivos.<br />
Ante todo era &#8220;<em>nuestro</em>&#8221; lugar, era la base sobre la que construir algo, porque por más que aquí pongamos el acento en todo lo extra musical, lo cierto es que Los Intocables eran inicialmente un grupo de personas que consideraban que la música era lo más importante. Pensemos que por ejemplo el Bebe Ferreyra llegó como músico y recién luego fue adoptado como miembro de la familia mutante: recién luego.<br />
De ahí que sea una sala de ensayo, es decir un lugar dado para tocar -y no un club, un bar, la casa de alguien- el sitio reconocido como base.<br />
Luego creo que se daban situaciones psicológicamente importantes, como que los dueños de casa fueran una pareja que en varios aspectos estaban por encima nuestro y nos brindaran comprensivamente soporte (me refiero al matrimonio de Clody y Alejandro Velázquez, manager y co-fundador de Los Intocables).<br />
Aquellas tardes de verano plenas de digresiones, aquellas previas de shows, aquellas noches interminables luego de los ensayos en donde bien podíamos discutir por horas el correcto agarre de palos o si los animales eran o no inteligentes son, felizmente, imborrables.<br />
Bueno, disipo un poco esta nostalgia que comienza a gobernarme nuevamente y les cuento dos cosas que sucedieron en la madre de todas las salas&#8230;</p>
<p><strong>El nombre de Los Intocables.</strong><br />
Como sabemos, cada cosa, para ser, necesita un nombre. Y las bandas, al menos en este aspecto, se parecen a las mascotas, a los bebés y a las logias: necesitan su nombre.<br />
Cuando yo entré a tocar con todas estas&#8230; personas, la agrupación se llamaba Los Alcaloides y era -allá por el ochenta y seis-, la banda más convocante del under que aún no había grabado un disco.<br />
A poco de entrar -pocos meses, siendo aún el verano de mil novecientos ochenta y seis- se plantea el tema de cambiar el nombre vigente: por un lado la banda quería establecer un corte claro entre una identidad mitad ska, mitad rockabilly -que era lo que hacían Los Alcaloides- y por otro parecía que lo de &#8220;alcaloides&#8221; generaba algún reparo en la televisión.<br />
Más por el primer motivo que por el segundo, nos reunimos los de entonces en Thames 320 a presentar alternativas. Recuerdo que estábamos Miss Clody, Gustavo Janse -primer bajista de la banda-, Silvio -primer baterista-, Alejandro Napia Velázquez, Juan Velázquez, Bam Bam Giménez, Marcelo Yeyati, Ricky Ridecós y quien esto suscribe.<br />
No fue lo que se dice una tarde muy creativa; apenas aparecieron nuevas propuestas, entre las que se escucharon cosas como &#8220;<strong>¿Cuál es su gracia?</strong>&#8221; y &#8220;<strong>Mercado Negro</strong>&#8220;.<br />
En medio de las conversaciones se halagaban algunos nombres del momento, tal como &#8220;200 presos heroicos&#8221; (recuerdo la vehemencia de Gus al hablar de él: &#8220;Esh impreshionante, boludo, contundente&#8230;&#8221;)<br />
De entre las opciones que iban apareciendo hasta ahí yo me inclinaba internamente por &#8220;Mercado Negro&#8221; -propuesta por Janse-; un nombre que sentía que nos hubiera representado muy bien: era fuerte, marcaba conflicto, tenía una firmeza hasta cromática. Eso hasta que Bam Bam Giménez propuso el suyo: &#8220;<strong>Los Intocables</strong>&#8221;<br />
Enfatizó su nombre con una descripción muy efectista y detallada de la serie de televisión que todos habíamos visto en blanco y negro protagonizada por Robert Stack, describiendo ropa, banda sonora y lo que hiciera falta para convencer a todos de que EL nombre era ESE -Giménez era capaz de venderle arena a los Emiratos Árabes-.<br />
Debo decir que su exposición fue concluyente y todos nos quedamos con la total y absoluta convicción de que a partir de ese momento, ÉRAMOS Los Intocables.<br />
Más tarde se dieron algunas notas de color en referencia al nombre escogido (que, reitero, surgió de la serie de televisión del cincuenta y nueve y no de The Untouchables, la banda californiana formada hacia comienzos de los ochentas -esa era una banda totalmente desconocida en Buenos Aires y recuerden que estamos hablando de la época en que por &#8220;mail&#8221; se entendía un pedazo de papel escrito dentro de un sobre con estampillas-): nuestro primer baterista se llamaba Silvio Enrico, y a partir de ese momento fue presentado sólo como &#8220;Enrico&#8221; (en alución a Enrico Rossi, uno de los agentes de Eliot Ness); nuestro segundo baterista (de nombre Hugo Magieri) adoptó el pseudónimo de &#8220;Nitti Mangieri&#8221; (en relación al mafioso Frank Nitti) y por último fue el mismo Bam Bam el que aportó una grabación de audio del televisor de su casa -la cual llevó a los estudios Moebio- y que terminó formando parte del tema &#8220;Crímenes en el motel&#8221; en el primer disco.<br />
&#8220;Los Intocables&#8221; también fue un nombre que motivó comentarios fuera de toda calificación de parte de conductores de televisión excitables, como aquella vez que Leonardo &#8220;hombreras&#8221; Simons tocó con sus manos a  los miembros que estaban más cerca de él y luego preguntó -entre confuso y fronterizo-: ¿Pero cómo, son Los Intocables&#8230; si yo los pude tocar?. Una bella página también nos la entregó Macu Mazzuca, cuando de improviso abordó al Bebe Ferreyra, en uno de esos programas que había en &#8220;ATC&#8221; los sábados por la tarde y que demostraba que los directivos del canal no consentían en cortar la señal jamás (es decir, siempre debía de haber algo&#8230; lo que fuera) preguntándole: &#8220;¿Qué tal Eliot?&#8221;, a lo que Marcelo Horacio respondió (presa de la ilogia): &#8220;¡¡Ness!!&#8221;</p>
<p><strong>Primero el trombón, después las galletitas.</strong><br />
Un capítulo aparte lo merecería la oferta gastronómica que rodeaba a la sala, pero desde ya les puedo adelantar que de toda la zona, donde mejor se comía era en Thames trecientos veinte cuando la que cocinaba era Clody.<br />
Entre los lugares dedicados a la restauración que existían en las inmediaciones, teníamos: El Dandy, El Mérito, La Escondida y Nápoles (hablo de los que frecuentábamos, por Corrientes había más sitios).<br />
También atacábamos una pequeña pizzería del tamaño de un kiosco para enanos (me refiero a los enanos esos que caminan, no a los del Lexicón), cuyo nombre no recuerdo (si es que lo tenía; creo rememorar que se llamaba &#8220;Pizzería&#8221;).<br />
Cuando teníamos la dicha de contar con la buena predisposición de Clody -nieta por ambos lados de Chefs Internacionales (real)- a veces íbamos con Kovalsky a comprar los ingredientes a lo de &#8220;El Ruso&#8221;; una especie de cerril antisocial que te atendía en musculosa, con barbita de dos días (todos los días tenía barbita de dos días; un talento), con más conocimiento de lenguas muertas que de marcas de jabón y con una especie de cabeza de rulos a los Maradona, pero rojiza.<br />
Años después me pregunté -aún lo hago- cómo es que íbamos a comprar cosas a este lugar ignominioso; de haber ido a lo del Ruso la gente de bromatología, seguro que terminaban pidiendo por radio refuerzos al departamento de Delitos contra la Especie.<br />
El Ruso era hosco, no verboso y raramente respondía algo más que un cabeceo, sin embargo se mostraba cariñoso con las moscas, a quienes ofrecía diariamente copiosos banquetes. A pesar de esto -y de las denuncias por intoxicación de lesa humanidad que tenía a decenas- como dije, con Kovalsky insistíamos en comprarle delicatessens.<br />
De más está decir que si Clody se enteraba de que habíamos ido a lo del Ruso, nos echaba de Thames a navajazos, de manera que mejor era evitar toda referencia al proveedor de las cosas que llevábamos.<br />
Cierta tarde de verano, estando ociosamente con Kovalsky, Clody y Alejandro, decidimos ir a buscar algo con lo que acompañar unos mates, y sin decir dónde nos dirigíamos, enfilamos hacia lo del Ruso.<br />
Ni bien llegar, fuimos recibidos por el anfitrión con una combinación exquisita de gestos: una mano rascaba un sobaco, y el mentón se proyectó hacia adelante como quien dice: &#8220;Los egregios caballeros, ¿gustan llevar algo?&#8221;.<br />
Kovalsky sentía -siente todavía- una patológica atracción por las galletitas más mutantes que pudiera ofrecer la creativa industria nacional: siempre escrutaba por largos minutos las latas en forma de cubo con una ventana circular que se apilaban más allá de la visión descansada.<br />
Siempre terminaba por elegir productos de nombres sorprendentes, tales como &#8220;Galletitas Cocoliche&#8221;, &#8220;Masitas Pierrot&#8221; o &#8220;Polvorones Elba&#8221;. Algo que llegaba a dislocarlo y a hacer que no escatimara erogaciones en metálico eran las galletitas con forma de pequeños rostros, ya de minúsculos clowns, ya de hombrecitos microcefálicos.<br />
Esa era su especialidad y ese era el pedido que estábamos haciéndole al facialmente paralizado Ruso: &#8220;<em>Maestro, ciento cincuenta de Cocoliche&#8230; ciento cincuenta de estas, las Pierrot, y dos cientos de Elba&#8230;</em>&#8220;.<br />
El Ruso, quien momentos antes de atendernos había estado destapando un desagüe con las manos sacando pelotas de pelo de perro, tomaba las galletitas y las metía en una bolsa translúcida&#8230; con esas mismas manos&#8230;<br />
Entre esto y calculando el precio de la compra estaba el propietario del establecimiento, cuando por la radio -que tenía sobre una estantería- comienza a sonar un demoledor tema con trombón (en ese aparato generalmente se escuchaban los partidos entre Villa Cigarro y Deportivo Excrecencias, pero rara vez una joya musical de tales dimensiones).<br />
Esa radio, la del Ruso, era de una calidad y potencia excepcionales, ya que podía escucharse lo que ella emitía a pesar de la capa de cinco centímetros de grasa que la envolvía holísticamente.<br />
Al escuchar semejante tema -Kovalsky se acordará el nombre, ahora mismo soy presa de la idiocia-, que creo que tenía algo que ver con Mr. Trombone, nos miramos con un estupor que no entraba en el almacén, y salimos sin más corriendo cual cheetas rumbo a la sala.<br />
El Ruso quedó aún más paralizado, tirando con sus dedos de dos orejitas de una de las bolsas haciendo un pequeño nudo, mientras veía cómo nos alejábamos corriendo por la vereda.<br />
Llegamos a la puerta de Thames y comenzamos a aplastar el botón del timbre mientras gritábamos exigiendo que nos abrieran la puerta YA.<br />
La misma finalmente se abrió, trepamos por las escaleras como quien huye de un río de lava, entramos en la sala de máquinas, sintonizamos lo más rápido que pudimos la radio que estaba escuchando el Ruso, pusimos una cinta en el equipo de audio y llegamos a grabar algunos minutos de la majestuosa composición.<br />
Durante un tiempo pensamos que sería un tremendo cover para hacer, pero esto, como la normalidad, la prudencia, el buen gusto y el tino, sería olvidado más tarde.<br />
Una vez que hubo concluido el tema, volvimos a lo del Ruso a pagar y retirar la compra; él nos vio entrar como si fuera la primera vez, y cuando nos despedimos dijo: &#8220;<em>Mm</em>&#8220;.</p>
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		<title>Lo mejor de Aruba no son sus playas</title>
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		<pubDate>Sat, 21 Nov 2009 11:50:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alexander Blake</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Misceláneas]]></category>

		<category><![CDATA[Aruba]]></category>

		<category><![CDATA[Bebe Ferreyra]]></category>

		<category><![CDATA[video]]></category>

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		<description><![CDATA[Un bajista dulce, un trombonista barbado, Snoopy en la guitarra, un baterista "acariciador" de parches y un saxofonista con los bigotes de Saddam Hussein: <b>Esto es onda</b>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Antes que nada, por favor lean esto atentamente y háganme caso (<strong>el Back2Square1 carece de cobertura médica y no aceptará demandas ante eventuales casos de infartos o sofocamientos por risión</strong>): lo que sigue es <strong>fuerte</strong>.<br />
Si no hubiera visto este video unas cuatrocientas treinta veces y no lo hubiera hecho analizar por expertos en artes visuales para que me aseguraran que no está generado con Silicon Graphics, no lo creería:</p>
<p><object type="application/x-shockwave-flash" data="http://www.vimeo.com/moogaloop.swf?clip_id=7729254&amp;server=www.vimeo.com&amp;fullscreen=1&amp;show_title=1&amp;show_byline=1&amp;show_portrait=0" width="400" height="302" class="embedflash"><param name="movie" value="http://www.vimeo.com/moogaloop.swf?clip_id=7729254&amp;server=www.vimeo.com&amp;fullscreen=1&amp;show_title=1&amp;show_byline=1&amp;show_portrait=0" /><param name="allowfullscreen" value="true" /><param name="allowscriptaccess" value="always" /><small>(Please open the article to see the flash file or player.)</small></object></p>
<p><strong>Contexto</strong>:<br />
El playback de esta agónica pieza musical tuvo lugar en el Hotel Sheraton de Aruba durante el año mil novecientos ochenta y uno.<br />
Fue grabado por un estudiante de la carrera de &#8220;cinematografía patológica forense&#8221; de la Universidad Juan Carlos Sorrentino, sita en la misma isla. El objeto de la grabación fue doble: servir de tesis propia y de material de referencia para el trabajo de un amigo, quien estudiaba antropología social y estaba redactando una monografía llamada: &#8220;<em>Grupos humanos que no lo parecen. Aruba, 1981</em>&#8220;.<br />
El Bebe Ferreyra luce una silvana barba, una tierna juventud y un inquebrantable compromiso con la deformidad.</p>
<p><strong>Tips para el correcto disfrute del material:</strong><br />
- Vemos desde el comienzo al Bajista Pequenín -lo llamaremos así hasta recordar su nombre-, quien ha servido de inspiración a generaciones de instrumentistas de la baja frecuencia (de hecho, Lebeat es bajista por Pequeñín)<br />
<strong> -  00:25</strong> Apreciamos por primera vez la gallarda actitud y lo ceñido de la camisa del Bajista Pequeñín. Discreto escote.<br />
<strong> - 00:30</strong> Entra en cuadro el baterista que no es (volveremos a él en un instante, pero no lo pierdan de vista)<br />
<strong> - 00:34</strong> Notamos una reprimida pero irreprimible risita de Marcelo Horacio<br />
<strong> - 00:41</strong> Aparece &#8220;Pasto&#8221;, guitarrista amigo de Ferreyra (Kovalsky afirma que Pasto no es humano: es el perrito Snoopy disfrazado)<br />
<strong> - 00:45</strong> Asombroso gesto del Bebín -levanta agresivamente sus cejas- para imprimir seriedad al conjunto escénico<br />
<strong> - 00:59</strong> Sutil quiebre, suave rotación de la cabeza del Bajista Chiquitín, lo que evidencia que mientras lo que nosotros vemos es a un bajista gay, lo que él ve de sí, es a una doncella medieval cubierta de entallado brocado -tocando una femenina mandolina en forma de bajo-<br />
<strong> - 01:32 hasta 01:49</strong> Nuestro baterista en el cenit. Decíamos que este es el &#8220;baterista que no es&#8221; porque en realidad se trata del tecladista. Un tecladista que no sólo no sabe tocar la batería, sino que jamás en la vida a visto tocar a un baterista<br />
<strong> - 01:50</strong> Uno de los mejores planos de Marcello</p>
<p>Por último, completan esta obra maestra un saxofonista de iraquí bigote y de cabello caoba (tono más improbable que la preocupación por el desarrollo sindical de la última década por parte de los <em>Teletubbies</em>) y el trompetista Serrano, quien supo ser el cónsul de Aruba en Buenos Aires (el consulado era su departamento).</p>
<p>¿Qué pasa? ¿Se sienten mal? Recuerden que lo advertí en la primera línea&#8230;</p>
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		<title>Mystery: &#8220;misterioso&#8221; método&#8230;</title>
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		<pubDate>Sat, 21 Nov 2009 10:43:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alexander Blake</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Bebe]]></category>

		<category><![CDATA[Alabartola]]></category>

		<category><![CDATA[Bebe Ferreyra]]></category>

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		<category><![CDATA[Monseñor Pollo]]></category>

		<category><![CDATA[Mystery]]></category>

		<category><![CDATA[video]]></category>

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		<description><![CDATA[Ya se ha dicho hasta el hartazgo que una imagen vale más que mil palabras. Mi pregunta es: <b>¿Y un video deforme? ¿Cuánto vale? ¿Eh?</b>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Primero vean esto, después les cuento:</p>
<p><object type="application/x-shockwave-flash" data="http://www.vimeo.com/moogaloop.swf?clip_id=7723416&amp;server=www.vimeo.com&amp;fullscreen=1&amp;show_title=1&amp;show_byline=1&amp;show_portrait=0" width="400" height="302" class="embedflash"><param name="movie" value="http://www.vimeo.com/moogaloop.swf?clip_id=7723416&amp;server=www.vimeo.com&amp;fullscreen=1&amp;show_title=1&amp;show_byline=1&amp;show_portrait=0" /><param name="allowfullscreen" value="true" /><param name="allowscriptaccess" value="always" /><small>(Please open the article to see the flash file or player.)</small></object></p>
<p>Este video fue grabado por un servidor hacia las dos o tres de la mañana, con un teléfono celular desde el bolsillo de un gabán Ben Sherman de color negro talle <em>small</em>, el quince de Marzo de dos mil nueve.<br />
Estábamos un reducido grupo de afortunados en la vereda de un pequeño local de la ciudad de Buenos Aires llamado Alabartola, luego de disfrutar de la buena música que había programado un amable y cortés muchacho de nombre Martín Cueto.<br />
Como es habitual, Marcelo Horacio Ferreyra, cuyo talento para patear el eje de la realidad hacia la más flagrante deformidad sería adjetivado por pueblos de habla inglesa como <em>&#8220;never-ending&#8221;</em> o <em>&#8220;everlasting&#8221;</em>, saca -apenas incentivado para ello- como tema de conversación un curso presencial que había realizado y cuyo nombre genérico (que es en realidad el nombre de su creador) era: <strong>Mystery</strong>.<br />
Independentemente de las notas etílicas que matizan su relato -produciendo leves descarrilamientos por momentos-, vemos aquí a un Ferreyra pleno, sólido, campeador en la Mutancia&#8230;<br />
A quienes no lo conocían: ¿Pueden ahora enmarcar mejor el contenido que han venido leyendo en este anecdotario?<br />
A quienes sí lo conocen y al público en general: es el momento de ver el video de nuevo&#8230;</p>
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		<title>El Salsamóvil -III-</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Nov 2009 14:29:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alexander Blake</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Bebe]]></category>

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		<category><![CDATA[Tirolés]]></category>

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		<description><![CDATA[Tenemos 1.600 centímetros cúbicos de capacidad craneana para nuestro cerebro, pero relax, si no poseyéramos uno, podemos llenarla con café. <b>Atención: interviene Kissinger...</b>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ustedes se preguntarán -hasta con cierta razón-: ¿Por qué aparece ahora otra anécdota? ¿Por qué después de meses y meses de nada? ¿Por qué nuevamente el Salsamóvil es el catalizador de historias deformes?<br />
Lo único que puedo decirles es: Porque sí, porque la deformidad no está hecha para ser explicada; se da o no se da, y en este momento, se dió.<br />
Les debía al menos el relato de seis sucesos acaecidos en el automóvil que fuera propiedad de Marcelo Ferreyra, y la verdad es que en todos estos meses no he podido dormir demasiado bien&#8230; comienzo contando uno -tampoco querrán que me hernie-, a ver si todavía era eso lo que me producía insomnio&#8230;</p>
<p><img class="aligncenter size-full wp-image-631" title="Nuevamente, el intrépido Salsamóvil..." src="http://backtosquare1.co.uk/wp-content/uploads/salsa_3.jpg" alt="" width="440" height="200" /></p>
<p><strong>Gira Mágica y &#8220;Misteriosa&#8221;&#8230;</strong><br />
Ustedes deben saber algo que creo que no aclaramos en la primera de las anécdotas sobre el Salsamóvil ni antes aún, en la página &#8220;¿Qué hallar aquí?&#8221;: el efecto &#8220;<strong>secuestro de cerebro</strong>&#8220;.<br />
Este efecto uno podía sentirlo apenas se veía en algún &#8220;momento Intocable&#8221;, ya sea en la sala de Thames, en el micro, en un escenario, en un bar, en cualquier parte&#8230;<br />
La sensación era la de la pérdida total de la volición, la de estar metido en algo que era superior al propio discernimiento -aunque poco, algo había ¿saben?- y que te iba llevando hacia alguna situación de la que no teníamos mayor previsión.<br />
Pues si el secuestro de cerebro se daba con sólo estar acompañado de la gente correcta, en el Salsamóvil esto se veía potenciado y hasta garantizado&#8230;<br />
Cuando estábamos haciendo los ensayos para el segundo disco, al acercarse las fechas de la grabación, cambiamos la forma de ensayar: comenzamos a hacerlo por secciones además de todos juntos para así poder limar todas las asperezas que fuéramos hallando (me refiero a asperezas musicales exclusivamente).<br />
De esta manera, Clody y Juan preparaban las voces, Ariel, Nitti, Ricky y Bam Bam las bases y el Bebe, el Tirolés y yo los vientos.<br />
Para nosotros los bronces, siempre había sido un poco más complicado el asunto de los arreglos, primero porque había que pegarse al Bebe, que era muy superior musicalmente a todos Los Intocables, y segundo porque nuestro héroe estaba pasando por un período de entre indecisión y creatividad inusitados: cambiaba las voces y los arreglos dieciocho veces al día: &#8220;Hagamos esto&#8230; mmm&#8230; no, mejor esto&#8230; ehhh&#8230; no, mejor esto otro&#8230;.&#8221;<br />
En eso estábamos, cuando decidimos ensayar un día en la casa de Ferreyra, ya que la sala estaba ocupada por la base. La idea era pasar específicamente un tema: &#8220;Sin pedir Perdón&#8221; y trabajar juntos los solos, ya que irían pegados uno después del otro. (Les cuento una tontería en relación con ese tema: la primer letra del mismo la había hecho Gustavo Janse y decía: &#8220;Dale y reza y reza en el fondo de la iglesia, coge y coge y coge las manos del Señor&#8221;; tras un proceso de autocensura quedó como luego se grabó, con el &#8220;entrega por completo tu cuerpo y tu mente al Señor&#8221;&#8230;)<br />
Yo ya sabía que pretender trabajar en lo Marcello era mucho pretender; existen empresas mucho más sencillas, tales como convencer a Vicentico de que deje de cantar como Tita Merelo, ser todavía más grasas que Tinelli o sacarse una astilla del dedo usando la oreja de alguien que se durmió en el colectivo al lado nuestro.<br />
Sí, ya sé que todo esto es dificilísimo, pero llevar al Bebín a una rutina de trabajo lo es aún más.<br />
Ni bien entrar con el Tirolés (pobre santo, creía que iba a ensayar y todo) el Pontífice del Ocio nos dispara: &#8220;¿Un cafecito Maestros?&#8221;. Fin del ensayo, a partir de ahí todo fueron anécdotas y bifurcadores de la atención tales como: &#8220;¡Poyín!, ¡Mirá lo que tengo! ¡El episodio que me faltaba de&#8230;!&#8221;<br />
Una cosa llevaba vertiginosa y audazmente a la otra (ni Pancho Ibáñez hubiera pensado hasta qué punto &#8220;Todo tiene que ver con todo&#8221;) y tan pronto nos encontrábamos conversando sobre el momento en que Tara King entra en Los Vengadores -luego de la despedida de Emma Peel- como de las bondades de la pomada hemorroidal &#8220;Ice Ring&#8221;&#8230;<br />
De hecho recuerdo algo curioso: el Bebe Ferreyra parecía muy excitado con el hecho de que el marido del personaje de Diana Rigg, tuviera un asombroso parecido con el mismísimo John Steed; &#8220;¡Son iguales! ¡Cuando él lo ve al otro por la ventana se queda duro!&#8221; nos decía. Esta recurrencia del Bebe -ese día lo dijo unas quinientas veces- volví a recordarla casi diez años más tarde, estando con Clodyn en Manhattan a las veinticuatro horas del treinta y uno de Diciembre de mil novecientos noventa y nueve (lo que dieron en llamar el &#8220;Millennium&#8221;); mientras la gilada estaba haciendo la cuenta regresiva en Times Square para pasar de siglo y de milenio al mismo tiempo, nosotros estábamos encerrados en un departamento viendo ese preciso y triste episodio&#8230;<br />
Vuelvo a Saenz Peña, al piso once, a la casa del Bebe.<br />
Habremos tomado no menos de siete cafés con Coffee Mate y sacarina de la fuerza aérea -cáncer en tres meses- (el Tirolés y yo, Ferreyra tomó alrededor de treinta y dos y no evidenciaba un deterioro de su salud), escuchado algo de doscientos segmentos de cosas tan variadas como el Festival OTI de la Canción -Edición Aruba de mil novecientos ochenta y uno-, la ópera Don Giovanni o piezas de Laurie Johnson, todas puestas y sacadas como por un Dj enfermo de rabia en estado terminal y hablado de cerca de noventa y pico de deformidades.<br />
En un buen momento, caemos -caigo- en la cuenta de que hacía ya una hora que debíamos estar en la sala de Thames para ensayar con el resto de la banda.<br />
Como se imaginarán, la única persona preocupada por este sutil retraso, era yo; al Bebín le daba lo mismo ir a ensayar, concurrir a un desfile de batones hechos con pañolenci o salir a pegarle tiros a quienes &#8220;dividen mal jazz&#8221;, y el Tirolés estaba en tal estado de shock después de esa inmersión violenta en la casa de Il Regista que ni leer el reloj sabía&#8230;<br />
Dije: &#8220;Dioses, ¿Qué tal si vamos yendo a la sala que el resto de los egregios caballeros -y Lady Twain- nos deben estar esperando con cierto grado de inquietud?&#8221;<br />
A partir de ese momento habremos esperado a Marcelo Horacio unos cuarenta minutos a que estuviera listo (lo de la pomada hemorroidal iba en serio), bajamos a la calle, nos subimos al Salsa y partimos -pensábamos en ese momento- rumbo al templo de la desmesura, sito en Thames 320.<br />
En el preciso instante en que se cerró la última puerta del Peugeot 404, comenzó lo que definí antes como secuestro de cerebro.<br />
Al salir de Saenz Peña rumbo a la Avenida San Martín pasando por Devoto, noto que el Titán (según el mote que con justicia le pusiera Kovalsky) diseña un derrotero que JAMÁS nos dejaría en la sala: estaba enfilando desde la plaza Arenales hacia la estación Devoto del FFCC San Martín.<br />
Antes de poder preguntarle qué estaba haciendo, Dios nos dijo: &#8220;¿Otro cafecito Maestros?&#8221;. Lo que Ferreyra pretendía era llegar al bar que por aquel entonces se llamaba Fond Rouge (luego cambió su nombre por &#8220;La Fonda&#8221;) y así lo hizo.<br />
Como no enfrentó ninguna posición en contra de su propuesta -ya teníamos todos el cerebro secuestrado-, terminamos tomando unos cuantos cafés más, cosa que nos habrá demorado entre una y dos horas que se sumaban a la demora previa.<br />
Cuando volvió a aparecer en la mente de alguno de nosotros el compromiso de pasar por la sala, nos dispusimos a pagar, levantarnos y meternos nuevamente en el Peugeot.<br />
En ese momento el Tirolés -que viajaba en el asiento del acompañante- intenta bajar la ventanilla de su puerta, para lo cual manipula la manivela y la hace girar. Apenas la mueve un micrón en el sentido contrario al de las agujas del reloj, el vidrio de la ventanilla se &#8220;descuelga&#8221; y cae al vacío, quedando súbitamente oculto en el interior de la puerta.<br />
Ferreyra, al ver cómo desaparecía su vidrio, grita: &#8220;¿PERO QUÉ HACÉS? ¿ESTÁS LOCO?&#8221;<br />
El Tirolés se quedó petrificado pensando: &#8220;¿Qué hice?&#8221;, pensamiento al que Marcello respondió -como si lo hubiera escuchado-: &#8220;¡Esa ventanilla no se puede abrir!&#8230; Mhmmm (gruñido y énfasis en la papada)&#8221;.<br />
Bajamos del auto que jamás había arrancado, y lo que siguió fue una búsqueda oligofrénica y frenética de un destornillador con el que desarmar la puerta del Salsa. Como estábamos en plena calle -en la placita que queda enfrente de la estación de trenes- nuestras posibilidades de éxito eran remotas, por lo que el Bebe encara hacia el bar nuevamente.<br />
Cuando yo estaba pensando: &#8220;¿Será posible que este Genio vaya a tomar más café?&#8221;, veo que vuelve con un destornillador en la mano y acompañado por el mozo Kissinger.<br />
A este mozo lo apodamos &#8220;Kissinger&#8221; con Clody y Kovalsky no porque se pareciera a Henry, sino porque un buen día, de buenas a primeras y de forma absolutamente sorpresiva e inconsulta nos recibe en el bar con un besito a cada uno. A partir de ese día, KISSinger nos decía &#8220;hola&#8221; y &#8220;chau&#8221; acompañando la fórmula de cortesía con un mimito.<br />
Llegó Lord Horace munido de un destornillador a la puerta en cuestión y se dispuso a desarmarla.<br />
Como ya imaginarán, el Bebe desconoce de forma absoluta el funcionamiento de cualquier cosa mecánica fuera de su trombón, por lo que percibí que cuando enfrentó el interior de la puerta, para él eso que veía equivalía al abdomen abierto de un lagarto de Komodo: no cazaba UNA.<br />
Movió varillas, sacó y puso y volvió a sacar tornillos, agarró con nerviosismo el vidrio para volver a dejarlo donde estaba y no dejaba de bufar y de decir una y otra vez -para incomodar al Tirolés-: &#8220;Mhmmm&#8230;(gruñido y énfasis en la papada)&#8221;. El Tirolés miraba, yo miraba y Kissinger miraba&#8230;<br />
Cuando comprendí que esta situación nunca hallaría un final, le sugerí al Maestruli que subiéramos el vidrio como fuera y lo dejáramos fijo: de esta manera nos sacábamos de encima la complejidad de comprender el funcionamiento del sistema.<br />
El Bebe expresa que está de acuerdo, lo ayudo a subir el vidrio, usamos el destornillador para clavarlo en el burlete de la ventanilla y que el vidrio no vuelva a suicidarse, nos subimos al Salsamóvil, nos vamos y dejamos a Kissinger en la plaza, sin destornillador y sin besito&#8230;<br />
Cuando cerca de seis horas más tarde de lo acordado llegamos a Thames, nos encontramos con un cartel en la puerta que decía: &#8220;<strong>¿Dónde están HIJOS DE PUTA?</strong>&#8221;<br />
Tal vez no estaba dirigido a nosotros, sin dudas Ferreyra así lo pensó cuando nos propuso (juro que no digo esto para terminar simétricamente la historia; fue lo que pasó): &#8220;¿Otro cafecito, Maestros?&#8221;<br />
&#8230;Terminamos en Nápoles&#8230;</p>
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		<title>¡Vade Retro, Verde Teatro!</title>
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		<pubDate>Thu, 16 Apr 2009 14:01:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alexander Blake</dc:creator>
		
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		<category><![CDATA[verde teatro]]></category>

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		<description><![CDATA[Es lo que parece: un exorcismo. Pero no uno dirigido hacia el Señor de las Tinieblas, sino a una presencia cromática mucho más dañina y ubícua: el Verde Teatro...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Esta misma frase fue pronunciada por Clody una madrugada de hace ya muchos años, casi -o no tan casi- en trance después de haber invertido buena parte de ese día, de esa semana y hasta de ese mes intentando hacer desaparecer un inquietante color de las paredes de un departamento que poco antes había habitado Marcelo <em>&#8220;Il Pinturicchio&#8221;</em> Ferreyra.</p>
<div>Pero claro, como sabemos de sobra que toda cosa que contemos, por mínima y simple que sea (y de ese tipo de cosas aquí no hallarán ni una) debe poseer un conveniente contexto que la soporte para poder ser inteligible, no caeremos directamente en la historia de un particular color sin antes relatar los hechos que propiciaron su nacimiento.</div>
<div>Aún a riesgo de ayudar con esta anécdota a transformar a toda una persona en un personaje -proceso al que lamentablemente hemos contribuido de forma inocente desde este <strong>Back2Square1</strong>- y a ese personaje en un gigante de la deformidad local, debo reconocer que la persona de la que partimos originariamente, mucho no ayuda a ser vista de otra forma.</div>
<div>¿Qué es en verdad un deforme, alguien que visita cual turista la deformidad o alguien que la habita 24/7? y ¿Dónde habitan los deformes, en cartucheras de marcadores Silvapen o en casas de esas que tienen paredes, puertas y techos?</div>
<div>Como las respuestas a ambas preguntas son obvias -dada una pregunta intencionada con dos posibles respuestas, la correcta, según el deseo del sofista, es siempre la segunda alternativa-, pasaremos a describir la casa de un incondicional de la deformidad&#8230;</div>
<div>Por motivos que huelga explicar aquí y ahora, en un determinado momento de mi vida me vi con un departamento que no pensaba habitar -tendría diecinueve o veinte años y aún vivía con mis padres-; justo cuando el Bebe Ferreyra tenía en mente volver a abandonar el nido familiar.</div>
<div>Sea porque yo se lo ofrecí, sea porque él se ofreció a alquilarlo, lo cierto es que Marcelo Ferreyra decidió habitar esa propiedad del Principado de Saenz Peña, para lo cual debía disponer algunas acciones de forma previa a su desplazamiento definitivo.</div>
<div>El departamento era a estrenar, pero aún carecía de algunos detalles para ser realmente habitable. Por ejemplo, los sanitarios estaban presentes -con excepción del lavatorio- pero debían ser instalados, había que dar de alta la luz, el gas, pedir un teléfono, etc&#8230;</div>
<div>Nuestro demiurgo cromático no pasaba en aquel momento por una época económicamente boyante (créanme que Los Intocables no nos hicieron ricos), de manera que TODO lo que aportó a esa propiedad, era de un valor por demás módico; hablo aquí de cuestiones de precio, no del valor artístico de las aportaciones, por supuesto.</div>
<div>Lo cierto es que abruptamente, de buenas a primeras el Pontífice se adentró en los irregulares y traicioneros senderos de la decoración y el diseño de interiores&#8230;</div>
<div><strong>Ferreyra, ¿Un folklorista?</strong></div>
<div>Una de las cosas que Marcello debía instalar era la puerta del toilette -puerta importante si las hay- y como el músico comprobaría inmediatamente, hasta una puerta hecha en telgopor con Segelín costaba lo mismo que un transplante de orejas, de manera que la decisión se fue postergando.</div>
<div>Como dijera, la del baño es una puerta importantísima (luego de la de calle, la más necesaria), ya que nos habilita a esa categoría de animales sociales y civilizados: dentro del toilette, el irracional, el silvano; una vez fuera -es decir, atravesada su puerta-, el doctor, el intelectual, el agudo pensador&#8230;</div>
<div>Pero ¿Cómo poner coto, cómo limitar la zona en donde puede campear el loco jabalí que muchos llevan dentro sin una puerta? Y aquí, una vez más nuestro amigo -en esta oportunidad apelando a sus conocimientos camperos- nos dió una perdurable lección: no importa cuál sea la pregunta, &#8220;imaginación&#8221; es la respuesta.</div>
<div>Marcelo Ferreyra instaló una telúrica &#8220;tapera&#8221; para, precisamente, tapar aquello que convenía no tener presente desde afuera. Se trataba de un tejido rústico, policromado, que hasta un caballero medieval con armadura describiría como &#8220;picoso&#8221; al tacto, posiblemente hecho con lana de algún camélido de nuestro ignoto noroeste y del tamaño apropiado para servir en la cuna de un bebé pigmeo.</div>
<div>Sí, la tapera (como llamáramos a la puerta hecha de lana) era corta, tan corta que permitía ver al ocupante del cuarto de baño hasta casi las rodillas (sin esfuerzos malintencionados).</div>
<div>Cierto día, un ilustre y musical habitué, un viejo amigo de Ferreyra llamado Gustavo Marino -personaje que ya hemos presentado en este espacio- decide pasar al cuarto de baño atravesando la económica y acotada puerta textil.</div>
<div>Como es habitual en Marcelo Horacio, éste comenzó a ponerse nervioso con el paso de los minutos al comprobar que su amigo no abandonaba el recinto higiénico -el Bebín no concibe el uso desmedido de SU toilette por parte de las visitas, y cualquier cosa que supere el lavado de manos y la leve micción le resulta &#8220;desmedido&#8221;-. Notando su incomodidad ante la demora de Marino, le propuse al entonces anfitrión e interiorista gastarle una inocente broma a Gustav: ir soltando uno a uno los ganchos de la ropa con los que se sostenía la manta carnavalesca al marco de la puerta.</div>
<div>Tomamos una escoba -sin estrenar hasta el momento en que Ferreyra abandonó la propiedad dos años más tarde- y con el palo, a la distancia, comenzamos a soltar gancho a gancho. La abertura era cada vez más amplia, pero nuestro flautista, más ajeno al decoro de lo que hubiera convenido, se hallaba demasiado lejos como para poder detener la secuencial apertura de la tapera.</div>
<div>No por sus gritos, sino por evitarnos una experiencia disconfortante fue que nos detuvimos poco antes de que la imagen de un flautista entronado se develara&#8230;</div>
<div><strong>La vanguardia del Sputnik.</strong></div>
<div>Como dije, al departamento había que equiparlo y el Bebe se encontraba momentáneamente corto de fondos (aunque amplio y tolerante en cuanto a gustos decorativos); se imponía una ayuda de sus amigos en la aportación de objetos que elevaran el confort de nuestro <em>regiseur</em> -en particular de aquellos que tenemos especial sensibilidad hacia la decoración-.</div>
<div>En los fondos de mi casa materna, existía un grupo de habitaciones que había sido funcionalizado como &#8220;el cuarto de todo aquello que no se usa&#8221;, y dentro de él había un sinfín de muebles y objetos que dejaron de utilizarse con motivo de una reforma hecha hacía ya unos cuantos años.</div>
<div>Ante la urgencia de Marcello, me dirigí a ese ámbito y escogí los elementos que más se ajustaban a su personalidad: una lámpara de techo y un mueble modular del que se rebatía una mesa-mural que hubieran escandalizado al mismo Dick Van Dyke, unos faroles de jardín -que instalamos en el living- y unas sillas de pizzería modelo 1968 color naranja que ni el interiorista de Tropicana hubiera aceptado -aún condonando sus deudas millonarias con bromatología-.</div>
<div>Repitiendo la hazaña que protagonizara el satélite soviético Sputnik I en 1957 (me refiero a romper el hielo e iniciar la era espacial) la lámpara Sputnik que instalara el Bebe (su diseño con profusión de largas extensiones terminadas en punta hacía recordar al satélite), lo que rompía no era el hielo, sino el cuero cabelludo de quienes pasaban relativamente cerca.</div>
<div>Esto se debía a que el Bebín la colgó de un techo demasiado bajo y a que justo debajo puso una pequeña mesa con las sillas pizzeras, de manera que, a no ser que uno fuera un experto en contorsiones o careciera de esqueleto, al levantarse de la silla se llevaba un siete, un roto en el cuero capilar. Por motivos que me son ajenos, Marino era la víctima preferida de la Sputnik&#8230;</div>
<div><strong>Lo importante es una buena recepción&#8230;</strong></div>
<div>Apenas uno entraba al domicilio de Ferreyra, era lo primero que percibía: que ese dedicado, casi devoto anfitrión lo único que tenía en mente era ofrecer una impactante recepción. E impactante aquí debe ser entendido como sinónimo de magnífica, de potente, de voluptuosa en su eclecticismo, de confortablemente shockeante&#8230;</div>
<div>Pero no voy a referirme ahora a ese tipo de recepción, sino a una un poco más prosaica: la recepción de la señal de televisión.</div>
<div>El Bebín siempre ha encarado las nuevas empresas con un desbordante brío, siempre bajo aquella premisa que se le oía tanto decir a Honoré de Balzac: &#8220;mejor que sobre y no que falte&#8221;.</div>
<div>Esto lo aplicó con vehemencia a la hora de barnizar la puerta de entrada (incluida la lente de la mirilla) y los ladrillos a la vista de una parte del interior, lo aplicó también en su política de protección del polvo y la pelusa y a la hora de prodigar desatención a su alumno de música de aquel entonces: &#8220;Mejor que sobre y no que falte&#8221;&#8230;</div>
<div>Con esta consigna en mente se dirigió hacia la ferretería de Don Diego Navarro, verdadero templo de la mínima variedad -como toda ferretería que posea 2.000.000 de tipos de tuercas, tornillos, arandelas y clavitos- situado en la Avenida América del ya citado principado.</div>
<div>Ante el pedido de una antena de televisión que hiciera Ferreyra, el señor Diego le muestra al regista unas cuatro que iban desde una de unos setenta centímetros hasta otra que superaba los dos metros de largo.</div>
<div>Marcello ni lo pensó: &#8220;¡Deme la más grande!&#8221;.</div>
<div>Quienes vivimos en Saenz Peña sabemos que en el territorio de ese Reino no existen los problemas de sintonización: si uno conecta un televisor al perno de un tratamiento de conducto, puede ver prístinamente el canal que quiera (por si no he sido claro: casi no hace falta antena, no como en los barrios grasas de Recoleta o Palermo chico).</div>
<div>Al conectar la antena gigante a su televisor, el Bebe Ferreyra comprueba que ni siquiera hacía falta sacarla al exterior: estando aún dentro del living, ese prodigio podía percibir hasta transmisiones de culturas extraterrestres en Alfa Centauro, de manera que ahí quedó, dentro de la casa.</div>
<div>Como uno tropezaba con la antena muy a menudo (poniendo en riesgo cualquier aspiración futura de paternidad, ya que las varillas iban a parar casi ineludiblemente a los testículos), el Bebín decide colgarla del cielorraso; a partir de ese momento el riesgo no era de esterilidad sino de ceguera, pero nuestro amigo pensó: &#8220;¿Acaso no hay padres ciegos?&#8221;, y la instalación fue permanente.</div>
<div>Cierto día, llegó el ilustre Gustavo Marino de visita a la Ferreyra&#8217;s Mansion, y con los ojos fijos en la antena y una mano extendida apuntando con su dedo índice la señaló. Su rostro era inexpresivo y tanto el Bebe como yo lo miramos en silencio por algunos segundos.</div>
<div>En un momento creí que Marino iba a decirle que consideraba inusual que la antena estuviera colgando del techo <em>del lado de adentro</em>, pero sorprendiéndonos a todos con un salto triple mortal intelectual, Marino dijo: &#8220;No, no tengas eso ahí, ¿No te das cuenta que si se larga a llover <strong>te puede entrar un rayo</strong>?</div>
<div>Confieso que yo no sabía qué cara usar de todo el set que tengo, ni qué hacer: si caminar, agregar algún comentario o pensar algo bonito, pero lo cierto es que antes de tomar yo una decisión, el Bebe ganó nuevamente protagonismo cuando muy veloz -presa del miedo por más que ese era un día soleado- fue a buscar una escalera y descolgó presto la gran antena&#8230;</div>
<div><strong>OK, ¿y el verde?</strong></div>
<div>Podría contarles cómo Ferreya halló ese color, podría intentar recordar todos los tonos que fueron necesarios para obtenerlo, podría describirles las performances físicas de nuestro Pinturicchio local al pintar, pero me remitiré a presentarles sin más, al Verde Teatro:</div>
<div><img class="alignnone size-full wp-image-618" title="verde teatro" src="http://backtosquare1.co.uk/wp-content/uploads/verde_teatro.jpg" alt="" width="440" height="200" /></div>
<div>&#8230;Ahora imaginen una casa pintada con este color&#8230;</div>
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		<title>Entr3vistas</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Jan 2009 17:29:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alexander Blake</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Thames]]></category>

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		<description><![CDATA[Tres entretenidas y entreveradas entrevistas trazan la trastornante trama de Thames (<i>repítalo rápidamente</i>)]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La sala de ensayos de Thames 320 era bastante más que un espacio que nos resolvía el asunto de dónde ensayar; era a todos los fines imaginables -o al menos imaginados por nosotros- una verdadera base de operaciones.<br />
Aunque en más de quince oportunidades -hablando en serio, bastantes más- necesité que me operaran ahí mismo de los pómulos y del estómago, me refiero en esta oportunidad a otro tipo de operaciones: a las que también podrían ser llamadas &#8220;maniobras&#8221;, &#8220;acciones&#8221; o &#8220;procedimientos&#8221;.</p>
<p><img class="alignnone size-full wp-image-609" title="Entr3vistas" src="http://backtosquare1.co.uk/wp-content/uploads/tijeras.jpg" alt="" width="440" height="200" /></p>
<p>Casi todo lo que sucedía en Los Intocables como banda y que no pasara sobre un escenario o abordo de un micro, sucedía en Thames. Si nos detenemos a pensar que shows sólo había los fines de semana y que a los micros nos trepábamos cuando los shows eran lejanos, Thames gana en cantidad de vivencias por afano.<br />
¿Aunque sea sólo por un segundo contemplaron la posibilidad de que el Back2Square1 hubiera reservado una categoría para aquel sitio porque sí?<br />
A continuación les relataré tres de la múltiples entrevistas que han tenido lugar en el 320 de Thames; empecemos por estas, después ya veremos&#8230;</p>
<p><strong>Puede cortarme uno o dos dedos, ¡Pero no toque mi bigote!</strong><br />
Cuando el primer saxofonista de Los Alcaloides decide abandonar la banda -previamente a la grabación del primer disco y apenas momentos antes de tener perspectivas de grabarlo- además de llenarnos de una profunda alegría a casi todos y hacernos creer por un minuto que Dios existía y encima nos amaba, me es dada una nueva tarea.<br />
De esta manera, aparte de aportar elegancia, don de gentes, sensibilidad, simpatía y un perfil griego a Los Intocables, <em>debía</em> de dotarlos de un segundo saxofonista.<br />
Imagino que los demás muchachos imaginarían que alguien que toca el saxo se reúne con otras personas que también tocan el saxo en bares de saxofonistas, que se codea con este tipo de instrumentistas a la salida de los cines para saxofonistas donde se exhiben películas exclusivas para ellos o que simplemente tenemos algo que hace que nos reconozcamos cuando nos cruzamos por la calle.<br />
Lo cierto es que yo no conocía a un solo tipo que supiera tocar el saxo y que pudiera/quisiera tocar en aquella banda de super-ska.<br />
El primer paso era preguntarle a mi profesor de turno y pasar luego a llamar a otros profesores para pedirles los teléfonos de sus alumnos.<br />
Ya lo dije en alguna oportunidad en este anecdotario, pero es bueno recordar ahora que en aquella época, encontrar a alguien que tocara más o menos bien y que encima tuviera onda y conociera el estilo era algo más difícil que hacer de un comunicado de la CIA algo creíble.<br />
Recuerdo haber llamado a no menos de siete u ocho profesores, conversar con aproximadamente diez alumnos y no avanzar ni un milímetro en el hallazgo del futuro bronce. Ya en estado de irritación extrema y decididamente inclinado a llevar a Thames a cualquier cosa más o menos antropomórfica que tuviera una aceptable habilidad de soplar -OK, si no podía soplar y podía chupar, también era apto para un curso de entrenamiento- y de mantenerse erguido durante cuarenta y cinco minutos -si en lugar de esto podía estar sentado y atado sin gritarle a la gente, también-.<br />
Con ese nivel dinamitado de expectativas estaba cuando contacté con un tal Martín Waisman; no recuerdo ahora mismo si a través de un profesor de saxo, en la cola para entrar al concurso &#8220;Los Parecidos a Arrufat&#8221; o en la lista de espera para transplante de estómago.<br />
De buenas a primeras me sorprendo diciéndole al teléfono: &#8220;OK Martín, nos vemos a las seis de la tarde en una sala de ensayos que queda en la calle Thames 320, ¿lo anotaste? Thames tres veinte&#8221;.<br />
El día llegó y dieciocho horas más tarde estaba yo en aquel templo junto a Kovalsky, Alejandro Velázquez y Juan Velázquez.<br />
El timbre sonó no mucho después de la hora acordada (pensé: &#8220;Bien, un muchacho que respeta el tiempo de los demás&#8221;) y al abrir la puerta de calle en la planta baja -la sala y demás dependencias de la casa involucradas con Los Intocables estaban en esa época en el primer piso- me encuentro con un joven que amalgamaba más con la orquesta del Club Armenio &#8220;Monte Ararat&#8221; que con los radicales del TwoTone.<br />
Pasado el primer espasmo, lo invito a seguirme a la Sala de Máquinas donde fue finalmente la entrevista.<br />
Para comprender la situación -que involucra cierto desarrollo cinésico y prosémico- imaginen a Waisman sentado frente a mí y de espaldas a la puerta de entrada a dicha Sala de Máquinas. Yo, frente a Waisman y pudiendo ver lo que sucedía detrás de él, es decir, lo que podía verse a través de la abertura de puerta y que se daba en un pequeño hall.<br />
El saxofonista que más tarde sería apodado &#8220;El Tirolés&#8221; por una de las dos personalidades más bautizadoras de nuestro entorno, -me refiero a Vito Corleone o Vito Antofermo, tecladista de Academia Beat, antes Ciudad Gótica y también de Los Intocables en varias presentaciones en vivo- estaba visiblemente nervioso, asintiendo cuanto yo decía. Sí, para quienes se preguntan quién era la otra identidad bautizadora, les aclaro que hablaba de Clody, quien inventó el ridículo apodo de, sólo por citar un ejemplo, &#8220;El Niño Ska&#8221; para el diseñador de la primera tapa de Los Intocables -hacía diseños para Los Alcaloides en donde la letra &#8220;O&#8221; era dibujada como un geniol redondo con la estría recta que lo dividía en dos- a su vez &#8220;persona de función más bien escénica&#8221; (sic) en Romana Patrulla.<br />
Volvamos con El Tirolés.<br />
Lo que yo veía era a un chico como dije muy nervioso, sentado con una actitud bastante distante del relax&#8230; con una melenita abigarrada de rulos&#8230; y con los bigotes que Burt Reynolds usaba en 1978. La imagen a la que yo estaba expuesto no era honestamente alentadora -no es que Waisman apreciara una mejor de mi parte, pero ese no es el tema ahora-, lo que ocurría es que si no funcionaba lo de este muchacho, a mí no me quedaba otro recurso más que la importación o la trata de saxofonistas.<br />
Le mostré nuestro primer disco, se lo hice escuchar, le pregunté si le gustaría tocar el estilo y sus respuestas fueron, respectivamente: &#8220;Me gusta&#8221;, &#8220;Suena muy bien&#8221;, &#8220;Quisiera tocar ska con Los Intocables&#8221;.<br />
En esta luna de miel estaba, cuando veo no una ni dos, sino múltiples veces aparecer a Juan Velázquez y a Kovalsky -ausentes en la reunión- aparecer por el hall que quedaba a espaldas de El Tirolés haciéndome gestos desaprobatorios sobre su corte de pelo.<br />
A pesar de la dificultad que conlleva criticar a alguien su aspecto personal, encaré al posible futuro saxofonista con algo así como: &#8220;Y&#8230; decime una cosa, vos viste como tenemos el pelo cortado todos acá, después te muestro algunas fotos&#8230; Ehhh&#8230; ¿Te cortarías el pelo muy pero muy corto?&#8221;<br />
Waisman me miró sin sombra de ofensa y me aseguró enérgicamente que no había problema alguno; es más, me dijo que él SIEMPRE había usado la cabeza casi rapada y hasta me contó que de pequeño, su madre escondía las tijeras de la casa porque un día había pelado una zona de la alfombra del living; era una persona a la que el hecho de pelar lo estimulaba.<br />
Compartimos unas risas, para ser sincero más que por la anécdota en sí porque me sacaba un peso grande de encima, y mis amigos Velázquez Juan y Kovalsky volvieron con sus cobardes críticas.<br />
En esta oportunidad el objetivo era el bigote.<br />
Se asomaban entre risueños y agentes de presión haciendo con sus dedos índices curvados formas de bigotes sobre sus bocas diciendo mudamente: &#8220;BIGOTE-NO&#8221; para luego desaparecer.<br />
Como ya el hielo con El Tirolés estaba roto, totalmente fundido diría, arremetí con confianza: &#8220;Bueno, Martín, y el bigotín ya que estamos ¡lo volamos también!&#8221;<br />
En ese momento el chico puso una expresión de extrema preocupación, como si le hubiera dicho que debía arrancarse la espalda o inyectarse yeso en las venas para tocar con nosotros, y exaltado me dijo: &#8220;No, el bigote no, ¡el bigote NO! No sabés la cara de boludo que tengo sin el bigote&#8221;.<br />
Lo único que pude decirle fue: &#8220;OK, OK, no pasa nada, todo bien&#8221;.<br />
Todos escucharon esto como quien recibe un diagnóstico terminal -no sé, se me ocurre pensar en la expresión de la señora madre de Kovalsky cuando los maestros y psicoterapeutas del joven percusionista le dijeron: &#8220;Y sí, señora, su hijo es así&#8230;&#8221;-, pero no atinaron a hacer, decir ni insinuar nada.<br />
Sólo me quedó agradecerle su visita, indicarle día y hora del próximo ensayo, acompañarlo cálidamente hasta la puerta de salida y despedir tanto al futuro Tirolés como a su indiscutible bigote; bigote que es justo indicar que volvimos a ver, pero no demasiadas veces.</p>
<p><strong>Pero, ¿Qué es esto? ¿Una banda de ska o un manojo de gente poco seria e impuntual?</strong><br />
Martín Waisman era una excelente persona, de eso no hay duda, pero si he de hablar con sinceridad debo decir que era algo resistido por algunos de los miembros históricos de Los Intocables.<br />
Sin entrar en sórdidos detalles, lo cierto es que seguía pesando sobre mis hombros la no tan sencilla misión de encontrar a un saxofonista con la onda de Jerry Dammers, el dominio del instrumento de Wayne Shorter, el conocimiento del estilo de Cedric Brooks y la originalidad de Anthony Braxton&#8230;<br />
La madurez de mis treinta y nueve años actuales me permiten apreciar que si en lugar de haberme entregado a tan tamañas complejidades, me hubiera dedicado a reunir dinero, ahora mismo estaría en condiciones de comprar -en cash- el condado de Cheshire. Pero bueno, en aquel entonces me encontraba algo desfocalizado y entregaba colecciones fabulosas de tiempo a buscar al sucesor del Tirolés.<br />
Cierto día doy -vía telefónica- con un muchacho no sólo bastante recomendado por su profesor de saxo, sino bastante dispuesto a tocar en una banda de ska, conocedor de Los Intocables y residente cercano de la sala de Thames.<br />
Lo cito a las 17:00 hs en el trescientos veinte de la calle-río para el día siguiente.<br />
Salgo con el tiempo suficiente de mi casa rumbo a la sala, llego alrededor de las 16:30, toco el timbre y noto que uno de los dueños de casa y stage manager de la banda no se encuentra en ella.<br />
Espero unos diez, quince minutos y al ver que Alejandro Velázquez no venía, salgo a buscarlo pensando que estaba entregado a una de sus aficiones: los juegos electrónicos.<br />
En una sintética referencia a esta casi obsesión por sacarle más y más partidos al Pacman que tenía el mayor de los Velázquez, diré que era imbatible: si alguien entraba a &#8220;hacer unas fichitas&#8221; con él en algún local de video-juegos, debía saber que esta persona estaría jugando desde las 10:00 hasta las 22:00 hs. con la misma ficha, sacándole infinitos partidos a la máquina en cuestión.<br />
Los diseñadores japoneses de juegos lo odiaban: tenían que preparar ciento treinta y cuatro mil quinientas cuarenta y cuatro pantallas distintas, ya que él siempre iba a ganar y debía pasar a un nuevo nivel. Lo contaré en otra oportunidad, pero ¡hasta fans tenía!<br />
Bien, salgo a buscarlo a Alejandro por la avenida Corrientes con resultado negativo, lo cual me demanda algo así como treinta minutos. Pensando en el saxofonista con el que había acordado reunirme, vuelvo a Thames antes que éste optara por irse.<br />
Al llegar descubro desgraciadamente que esta persona ya estaba allí esperando algo inquieta que alguien respondiera al timbre.<br />
Mientras me acercaba iba escrutando su aspecto: cabello rapado, traje negro, camisa blanca, corbata negra delgada y un gesto severo.<br />
Me presento tendiéndole la mano y ahí mismo me expresa su descontento por la espera a la que lo había sometido. Creía él que esa espera había terminado, pero inmediatamente le digo que debíamos aguardar un poco más a que llegara el dueño de casa.<br />
Esto empeora algo las cosas, por lo que intento desviar la conversación hacia derroteros más felices, como por ejemplo la música.<br />
Este muchacho no sólo me ratifica que conoce al ska, sino que comienza a nombrarme bandas, temas y discos. Cuando le pregunté qué hacía para vivir, me respondió que era peluquero.<br />
Ahí mismo sentí un pequeño corte en mi respiración: lo primero que pensé fue: &#8220;Espectacular, un tipo que toca en la banda, caza de ska y encima nos corta el pelo a todos&#8221; -no podía olvidar que en aquel entonces era complejo convencer a un peluquero de que había otras posibilidades además de la media americana y la romana-.<br />
Comiéndome el páncreas por dentro estaba debido a la ansiedad por la llegada de Alejandro Velázquez, cuando de repente veo su figura acercándose en la lejanía.<br />
Le transmito tranquilidad al riguroso instrumentista peluquero, le presento al as del joystick y subimos, naturalmente, a la Sala de Máquinas.<br />
Poco quedaba realmente por hablar, ya que el joven conocía a Los Intocables, al ska, estaba interesado en tocar y aclaraba que ya tenía varios años de estudio.<br />
No tenía más que invitarlo a un ensayo y eso hice, a lo que el saxofonista me respondió: &#8220;¿Esta falta de puntualidad se repite siempre?&#8221;<br />
Podría haberle mentido y decirle que no, que lo de hoy había sido algo absolutamente extraordinario, pero la pregunta me descolocó completamente: ¿Alguien escuchó alguna vez a algún músico en el contexto del underground pronunciar siquiera la palabra puntualidad?<br />
La relación entre Los Intocables y el reloj era la misma que la de Adolfo García Grau y la cosmética masculina, la de Jorge Rafael Videla y el tema musical infantil &#8220;Mi Mono Monín&#8221;, o la de Xuxa y los textos humanistas de Erasmo de Rotterdam: ninguna.<br />
Nosotros éramos capaces de llegar al lugar del show doce horas antes -no hablo de shows en otras provincias- o cinco horas después, así, con naturalidad, con fresca juventud.<br />
Le aclaro entonces a nuestro rígido joven que efectivamente sí, que podía esperar demoras o anticipaciones en ciertos eventos, a lo que me respondió, secamente: &#8220;Gracias pero no, no me interesa&#8221;.<br />
Acto seguido lo acompañé hasta la puerta, reprimiéndome de no cortarle las conexiones entre sus órganos vitales con su propia tijera, lo despedí y decidí olvidar para siempre su nombre; por eso aquí siempre hablo de &#8220;ese muchacho&#8221;, &#8220;aquel joven&#8221; y &#8220;el riguroso saxofonista&#8221;: mi educación me impide recordarlo como al &#8220;sucio peluquero del orto&#8221;&#8230;</p>
<p><strong>&#8220;&#8230;Este bolígrafo es producto de dos mil años de ciencia, y sí, la juventud está masificada&#8221;&#8230;</strong><br />
Justo el otro día me preguntaba qué cosas había aprendido durante la época en la que tocábamos Los Intocables.<br />
No, contrariamente a lo que puedan pensar, fueron muchísimas cosas las que pude asimilar; vean si no:<br />
- no es del todo seguro contratar a un chofer de micro de larga distancia que sea ciego de un ojo (no hablo de ojos celestes, hablo de un ojo que no cumple la función de &#8220;ver&#8221;)<br />
- no es la mejor decisión la de nombrarlo al Bebe Ferreyra &#8220;colorista y diseñador de interiores&#8221;<br />
- si son propensos a la tentación de risa no deben leer detenidamente en vivo las listas de temas escritas por Alejandro Velázquez (desarrollaba la maldad privada de renombrar asombrosamente los temas que debíamos tocar)<br />
- jamás revuelvan el bolso de Mr. Lebeat si no quieren ser víctimas y presas de su ira<br />
- ni se les ocurra invitar a cenar a Clody a un lugar signado con menos de 4 tenedores (y si encuentran un restaurante de esa calificación en La Salada, sepan que son ustedes gente con problemas de delirium tremens) puesto que se exponen a su silencioso desprecio<br />
- nunca armen una banda de ska y lleguen a grabar meses después de la primera si no quieren que miles de fronterizos los acusen de plagio<br />
- si alguien les presenta a un tal Oscar López, encadenen inmediatamente vuestra billetera directamente a un clavo de platino inserto en vuestro fémur o esa misma noche, a la hora de pagar la cena descubrirán lo molesto de tener que lavar los platos de todo el restaurante.<br />
Pero más que todo esto, una verdadera serie de conocimientos de dudosa futura aplicación, lo que aprendí de manera indeleble es que:<br />
<strong>En cualquier rincón, repito, en cualquier rincón te puede esperar agazapado un resplandeciente y maravilloso de-for-me.</strong><br />
Nada tiene que ver con el día de la semana ni con la hora, ni con el lugar, ni con cómo estés vestido, ni con tu background cultural, ni con lo que hayas desayunado; lo único que importa es tu predisposición para entablar el contacto.<br />
Sin esta bienquerencia, ustedes no estarían aquí y ninguno de nosotros nos hubiéramos conocido; el Bebe Ferreyra seguiría ignoto para nosotros en un rincón de Saenz Peña, Los Intocables jamás se hubieran formado y el Señor Ferrari no sería citado en esta publicación.<br />
¿Qué Señor Ferrari? ¿Ese quién es?<br />
Bueno, como primer cosa, todo lo escrito desde &#8220;&#8230;Este bolígrafo es producto&#8230;&#8221; hasta aquí es sólo una introducción al recuerdo de su persona. Y no podía ser de otra forma; ¿Qué mejor que una enorme digresión persuasiva para hablar de alguien que para venderte una birome te presenta la teoría atómica?<br />
OK, empiezo por el comienzo&#8230;<br />
Cierta noche -muy tarde, a la hora en que los colectivos más que un transporte son una rareza exótica casi imaginaria- estaba yo con Kovalsky (perdón por la monomanía) a punto de salir desde la terminal de Puente Saavedra sentados en los últimos asientos de dos rumbo a nuestros hogares maternales a bordo del colectivo 21.<br />
Lo de &#8220;a punto de salir&#8221; era más una aspiración nuestra que algo que se verificara en la realidad (aparentemente el chofer deseaba repasar sus lecciones de sánscrito antes de partir, y el sánscrito es una lengua enrevesada, como sabrán).<br />
Bien, la cuestión es que allí estábamos con bastante poca fe en el derrotero que había tomado ya toda nuestra cultura, cuando sube un señor de unos sesenta y siete o sesenta y ocho años (puedo pifiarle por no más de seis meses), elegantemente vestido -con esa elegancia que no se compra junto con un traje caro sino que se gana con actitud- y, lo más importante, la misión auto-impuesta de ser. Y en segundo lugar, mientras era él mismo, de vender algún que otro bolígrafo &#8220;Paper Mate&#8221;.<br />
En rigor de verdad lo habíamos identificado ya antes que él subiera, alertados gratamente por su impecable estampa.<br />
No llegábamos a las siete personas en el colectivo, incluído el indeciso colectivero, y sumado al hecho de que sería más de la una de la mañana, tanto a Kovalsky como a mí nos llamó poderosamente la atención que alguien pretendiera vender algo ante una concurrencia que en un altísimo porcentaje estaba ya dormida.<br />
Su exposición fue análoga a la mía: entró en tema no menos de diez minutos después de haber comenzado a hablar. Para explicar porqué una auténtica Paper Mate puede escribir incluso hacia arriba (difícil imaginar cuándo uno necesita escribir sobre un cielo raso) el Señor Ferrari nos introdujo en la dinámica de fluídos; para que comprendiéramos la íntima composición de su tinta, el Señor Ferrari nos develó el detalle de las mecánicas atómica y ondulatoria.<br />
Por favor no crean que esto es una exageración de mi parte para justificar esta anécdota; lo que les relato en verdad sucedió.<br />
Por supuesto estábamos seriamente impresionados con Kovalsky y apenas podíamos reprimir expresiones radicales de admiración y total entrega, cuando llamamos por fin al Señor Ferrari.<br />
Él creía que íbamos a comprarle sendas Paper Mate (y hubiéramos debido) pero lo que en realidad queríamos eran sus datos: ¿Alguien imagina el efecto destructor de un presentador de esta estirpe antes de un show de Los Intocables?<br />
Al llegar a nuestros asientos, le preguntamos a Ferrari si se sentía capaz de hacer la presentación de una banda sobre el escenario de un teatro (estábamos muy cercanos al primer Fénix) a lo que nos respondió que &#8220;Claro, naturalmente, por supuesto, ya lo he hecho anteriormente&#8221;.<br />
Sólo nos quedaba pedirle su teléfono y fijar una entrevista en Thames para que todos conocieran a este prodigio (así de generosos nos gustaba ser).<br />
El Señor Ferrari no tenía teléfono, por lo que nos proporcionó su dirección: veintiuno de la calle Fleming, Munro.<br />
Como réplica, él sí nos pidió nuestros teléfonos, aunque jamás los anotó en papel -que tenía disponible- con una Paper Mate -que también tenía-; memorizó entonces la siguiente información: &#8220;Señor Pablo: siete cinco siete cuarenta veinte&#8221; y &#8220;Señor Pollo: siete cinco siete cero cuatro dos uno&#8221;.<br />
Dicho esto, nuestro fugaz amigo tocó el timbre, el colectivo se detuvo, él se bajó y la noche se lo tragó&#8230;<br />
¿Para siempre? No, afortunadamente no: el Señor Ferrari nos llamó unos días después y acordamos una reunión en la sala de Thames.<br />
Esa reunión concordaba con un ensayo, de manera que todos estaban presentes cuando Ferrari llegó.<br />
Lucía impecablemente, casi tan elegante como la ilustración hecha con marcador negro grueso que retrataba a Bam bam Giménez sobre la superficie blanca del placard de su propia habitación por aquellas épocas (dedicada a un tal &#8220;Mono&#8221; y hecha por una artista femenina, si mal no recuerdo)&#8230;<br />
Una vez en el primer piso, pasamos a la sala de máquinas donde le proponemos formalmente (los dos de siempre) que nos presente en el Fénix de Flores. Le contamos quiénes éramos, qué hacíamos y allí nomás Ferrari nos propone una temática para su brevísimo monólogo: la masificación.</p>
<p>Sin dar crédito a lo que estábamos presenciando, nuestro filósofo y vendedor ambulante comienza con su oratoria florida, descerebrándonos instantáneamente.<br />
Cuando ya estaba todo resuelto, es decir cuando sólo quedaba acordar cuánto cobraría el Señor Ferrari por su arte, Juan Velázquez -para quien esta persona era sólo &#8220;un viejo&#8221;- soltó su ya acostumbrado &#8220;No da&#8221; en referencia a la participación de Ferrari, y ante la frialdad de los demás miembros, todo esto quedó en la más desalentadora nada.<br />
Así es amigos, todos vosotros os habéis perdido de presenciar a tamaño orador deforme, pero para esto está el B2S1 (¿Para qué si no?): para recuperar lo que todos creíamos, precisamente, perdido&#8230;</p>
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		<title>1,2,3,4</title>
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		<pubDate>Mon, 22 Dec 2008 03:17:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Lebeat</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Giras]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuentan los bateristas y comienza un tema. En Los Intocables recuerdo que los shows empezaban con nuestro manager diciéndonos a mí y a Nitti Mangieri algo que sonaba como <b>"daledaledale subansuban"...</b>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&#8230; y es que los shows largaban con nosotros dos y una cadencia de bombo y bajo que desembocaba en toda la banda tocando aquel tema que hablaba mal de manliba, los camiones compactadores de basura Pak-Mor y lo sucia que estaban las calles en ese momento.  Como nota adjunta, y la letra lo aclara, esa suciedad no lograba lastimar a nuestro cantante ya que había desarrollado unas callosidades resistentes a todo.</p>
<p>Bueno, cuento ésto como una especie de preámbulo a estas historias de recitales y (f) ruta.</p>
<p>Nunca fui de meterme mucho en la parte organizativa de Los Intocables, si había que tocar en la Capital Federal, agarraba el Orestes y manejaba contento, si había una gira que duraba varios días, me armaba el bolsito, me subía al micro de turno y alla íbamos. Ni siquiera sabía donde teníamos que tocar hasta que llegábamos al destino, ya hemos dicho aquí que la banda era la última en enterarse que pasaba.</p>
<p>Los micreros de Los Intocables merecen sus propias páginas de anécdotas, y ya vendrán.</p>
<p>Como anticipo les cuento que tuvimos un chofer que era ciego de un ojo (el sr. Juan Velázquez creyó toda su vida que tenía ojos celestes), otro que por diversión, y para ver nuestras caras de pánico, se paraba con el micro en movimiento en alguna ruta desierta como la Gral Paz, lo dejaba andando a la deriva y se iba hasta la parte de atrás corriendo al grito de &#8220;Aaaaaaahhhhhhhhrrrgghhh&#8221; (digo &#8220;nuestras caras de pánico&#8221;, pero también debería decir que nosotros lo cebábamos para que lo haga, en un concreto acto de sado masoquismo rude boy).</p>
<p>Todo esto sumado a que no era aconsejable quedarse dormido en el trayecto porque siempre había alguna sorpresa, hacía que llegáramos a nuestros destinos hechos una piltrafa y ya totalmente ebrios de risa.</p>
<p>Muchos de estos lugares eran &#8220;rock and roll virgins&#8221;, nunca una banda había ido a tocar ahí, asi que la llegada de Los Intocables con su pequeño grado de popularidad era un acontecimiento. Nos llevaban &#8220;de visita&#8221; a la escuela del pueblo a saludar a los estudiantes y hacer una recorrida por las instalaciones. Imagínense ustedas las caras de los profesores al ver a semejante troupe de personajes meterse en sus aulas. Tengo una imagen guardada de un señor muy amable llevándonos a Juan y a mi en un auto, dando vueltas por un pueblo desconocido hasta terminar en una farmacia donde trabajaban sus hijas en un sencillo acto de &#8220;mirá nena, te traje a Los Intocables&#8221;.</p>
<p>Qué quiero decir con esto? que ya los componentes de la banda eran una aventura en sí mismos, si a esto le agregamos estar en un lugar desconocido, que nunca había visto bandas de &#8220;la capital&#8221; en su zona, tarde o temprano ésto resultaría en la aparición de personajes nuevos, aunque sea solo por unos segundos.</p>
<p>Aquí va un caso&#8230;</p>
<p>Creo yo que fue en una gira que hicimos por Chaco y que luego nos llevaría a Formosa.</p>
<p>Como conté anteriormente, pasaban mil cosas aparte del recital en sí, pero todo llegaba al 1,2,3,4 y a tocar. Pasó el show, seguramente nos quedamos un rato en el local de turno tomando algo y de vuelta al hotel. El plan original era, dormir en Chaco y salir al otro día hacia Formosa.</p>
<p>Pero en el hotel nos enteramos que no&#8230; que la persona que estaba a cargo de esa mini gira no había pagado y entonces nos volvíamos a Buenos Aires, entonces, de vuelta al micro y a casa. Hubo alguna que otra discusión e intercambio de opiniones, porque la fecha ya estaba programada, imaginábamos gente con ganas de ver a la banda en vivo, pero tampoco se podía andar perdiendo plata asi que&#8230; lo siento Formosa&#8230;</p>
<p>Pasó el tiempo, meses, y se reflota la chance de ir a tocar a esos pagos nuevamente.</p>
<p>Nos quedaba la duda que había pasado con esa fecha, nos recibirían bien? decepcionados? enojados? qué pensarían de una banda que tenía todo arreglado para tocar y nunca apareció? se habrá enterado la gente de la razón de nuestra ausencia?</p>
<p>Llegamos a Formosa, de nuevo hotel, un poco de caminata y a probar sonido&#8230; y aquí es donde la cosa empieza a tomar un color tirando a &#8220;deformizo&#8221;.</p>
<p>Al llegar al lugar del show, que si mal no recuerdo era como un galpón, se nos acerca a Juan y a mí un personaje vestido de traje, con pinta de &#8220;<em>productor local</em>&#8220;. Nos presentamos, como breve introducción le decimos qué función cumplíamos en la banda y acto seguido nos mira con un dejo &#8220;canchero&#8221; y dice a modo de presentación &#8220;<em>estoy re duro&#8230;</em>&#8221; Nos miramos con Juan sorprendidos de dicho comentario, y a qué venía,  y nos sorprende de vuelta con un &#8220;<em>bla bla bla, que duro estoy&#8230;.</em>&#8220;, al ver que nosotros solo atinábamos a mirarlo sin saber a qué se debía semejante confesión y demonstrando nulo interés, se da media vuelta y se va&#8230;.</p>
<p>Nos reímos con Juan de lo deforme de la situación y sigue la rutina como de costumbre. Me subo a probar el bajo, y noto ciertas miradas de los locales presentes clavadas en mí, en algunos notaba un cierto enojo y en otros una cierta complicidad &#8220;rockera&#8221;</p>
<p>Sigue el día entre risotadas de costumbre, pero el clima era un poco raro ya que no lográbamos descifrar si la gente estaba contenta que estuviéramos allí, o enojada, o qué&#8230; hasta que nos enteramos.</p>
<p>Aquel productor original (distinto al que estaba organizando todo ahora) que nunca había pagado el cachet de la gira Chaco/Formosa, como para justificar nuestra ausencia, hizo correr un rumor de lo más alejado con la realidad posible.</p>
<p>Parece ser que sus palabras en aquel momento fueron &#8220;<em>Se canceló el show de Los Intocables, no pueden venir&#8230; parece que la policía los paró en la ruta para revisar el micro y enganchó a uno de ellos con una bocha de merca&#8230; lo metieron en cana, todo mal&#8230;. así que no vienen</em>&#8221;</p>
<p>Nos enteramos que aquel músico loco, rockero, drogadicto, que terminó preso, que hizo que el show se suspendiera, que dejó a la gente colgada, que un &#8220;productor local&#8221; quiso hermanarse con un &#8220;estoy duro&#8221;&#8230;. era &#8220;el bajista&#8221;&#8230; o sea era &#8220;YO&#8221;.</p>
<p>Mis addicciones en ese momento eran las pepitas He-Man, algun que otro biznike nevado, los lomitos completos de Antiguo Romano en Hipólito Irygoyen y Libertador en el barrio de Vicente Lopez, las Cindor y Cepitas con mi amigo Bam Bam Giménez&#8230; nada más alejado que haber sido atrapado por las fuerzas policiales de la Provincia de Chaco con posesión de cocaína.</p>
<p>Como buen Intocable, me banqué las miradas pispiretas de los rockeros de turno, los comentarios cargosos de los locales enojados, y me siento orgulloso y privilegeado de ser &#8220;hasta hoy día&#8221; el rockero más pesado que haya tocado en ese pueblecito Formoseño.</p>
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		<title>El Salsamóvil -II-</title>
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		<pubDate>Tue, 16 Dec 2008 17:45:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alexander Blake</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Bebe]]></category>

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		<description><![CDATA[Un día fui a una agencia de viajes para contratar un paquete de turismo de aventura. Nada de lo que me ofrecieron me llamó la atención. La empleada me increpó confundida; tuve que decirle que <b>nada se comparaba con lo que ya había experimentado...</b>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Puesto a preguntarme intrascendencias, me digo: ¿Hubiera podido Orson Welles desarrollar su identidad última sin su barba y todos esos kilos de más?<br />
¿Hubiera llegado Tinelli a sus picos de audiencia con la cara quemada en ácido? -mmm&#8230; esa es una idea que me reconforta-.<br />
Retomando: ¿Realmente alguien se imagina a Tato Bores midiendo casi dos metros?<br />
Exactamente, bellas precocidades, lo que hago es interrogarme sobre el valor de la &#8220;encarnación&#8221;, sobre cómo la forma atañe a la esencia hasta hacernos ver que no había diferencia entre ellas más que en nuestro infantil modelo de la realidad.</p>
<p><img class="alignnone size-full wp-image-578" title="salsa_2" src="http://backtosquare1.co.uk/wp-content/uploads/salsa_2.jpg" alt="" width="440" height="200" /></p>
<p>Por si hace falta aclarar el resultado de las primeras tres preguntas, las respuestas son: No, No y No.<br />
Y aprovecho esta corriente negativa para formular otra pregunta de igual respuesta: ¿Podría haber sido el Salsamóvil un Aston Martin DB5 o una Ford F100 en lugar de un Peugeot 404, casi blanco?<br />
OK, no, pero ¿Por qué no?<br />
Porque el Peugeot 404 -y los datos que siguen sorprenderán muy gratamente al Bebe Ferreyra- ha sido un actor estelar más en varias de las prestigiosas series y producciones cinematográficas de la década del 60, y sabemos cuán sensible es el Pontífice al séptimo arte.<br />
Un Salsamóvil apareció en varias oportunidades en el segundo y décimo tercer episodio de Mission: Impossible, un Salsamóvil apareció en la serie británica de ultra-culto Danger Man (aquella que protagonizara Patrick McGoohan, el mítico Number Six de The Prisoner) en las entregas número uno y número veinte, un Salsamóvil apareció en la versión de 1971 de Willy Wonka &amp; The Chocolate Factory y en The Saint, con Roger Moore en los episodios sexto y décimo cuarto.<br />
James Bond no puede subirse a un Salsa simplemente porque no tiene nivel, por eso se conforma con el Aston Martin, y a un delicado Salsamóvil nunca se atreverán a tirarlo desde un avión Hércules, como sí hicieron en la década de los años 70s con una rústica F100 para un spot publicitario.<br />
Por todo esto, el Salsamóvil se encarnó en un Peugeot 404 y en ningún otro vehículo más. Y siguió siendo un actor estelar, como verán a continuación&#8230;</p>
<p><strong>Un atajo al Reino de los Cielos.</strong><br />
No quiero cargar las tintas sobre los múltiples dones y capacidades de Marcelo Horacio, porque lo cierto es que ya empiezan a darme celos las expresiones que escucho por allí (&#8221;¡Qué bien le quedan las medibachas al Bebe!&#8221;, &#8220;¡Qué mano tiene para el punto arroz y cómo remata los canesús!&#8221; o &#8220;¡Guau, Bebín, nadie baila el chotis como tú!&#8221;), pero siniestro sería si nada dijera de su espíritu innovador, ese impulso por hacer las cosas siempre de formas nuevas.<br />
Y cuando digo que el Bebe es incapaz de hacer dos veces lo mismo -debido a su espíritu creativo, está claro- lo hago pensando en cuando debíamos ir de la sala de ensayos de Thames 320 a nuestros domicilios en el Principado de Saenz Peña.<br />
Ese trayecto lo recorrimos en el Salsa cientos de veces, pero sin temor a exagerar -créanme que nunca sentí ese temor- les diría que apenas en una decena de oportunidades repetimos el mismo camino.<br />
Saliendo de la sala de Thames, la lógica geográfica indicaba que debíamos tomar Juan B. Justo en dirección hacia la avenida San Martín. Al llegar a ésta, tomarla girando a la derecha hacia el barrio de Devoto hasta su intersección con la calle Asunción. Entrar en esta católica vía de este católico barrio hasta chocharse -no literalmente en lo posible- con las vías del Ferrocarril San Martín. La calle que a esa altura bordea las vías se llama Ricardo Gutiérrez y se prestaba gustosa a dejarnos, unos setecientos metros más adelante, a las puertas de la aduana del principado antes citado: el puente de la avenida General Paz.<br />
El camino carecía prácticamente de curvas e itinerarios misteriosos, era claro y simple, pero la monotonía, ¡lo sabemos! jamás fue una opción.<br />
El Maestro Ferreyra, en medio de la noche, ante -al menos en apariencia- ningún estímulo racional ni racionalizable, acostumbraba a pegar volantazos súbitos hacia lo desconocido con la misma gracilidad con que lo hubiera hecho Stephen Hawking. Al ser interrogado por sus compañeros de viaje -Kovalsky y yo- sobre las motivaciones de esas variaciones temperamentales en el derrotero, il Regista aducía: ¡Conozco un atajo!<br />
Realmente dudo que alguna vez hayamos tenido confianza en esas supuestas economías geográficas, pero lo cierto es que una vez que hubimos experimentado unos cuantos &#8220;atajos&#8221;, ante la noticia de que uno nuevo se avecinaba, nuestros rostros se descomponían.<br />
Recuerdo muchísimos acortamientos de camino paradójicamente interminables por barrios de por sí ya muy duros de roer, como Parque Chas o los rebuscados caseríos que se apiñaban a ambos lados de las vías, pero un atajo en especial firmado por M. Ferreyra, me hizo tomar conciencia a muy tierna edad de que la muerte le puede dar la bienvenida a uno en cualquier esquina.<br />
Ese día el Salsamóvil había evidenciado que una revisión mecánica era lo que estaba necesitando; el bólido se detenía sin previo aviso en cualquier lugar.<br />
Cuando esto sucedía, Marcelo Horacio le decía dulcemente: &#8220;¿Qué te pasa, Papi?&#8221; (ignorando a los autos que tenían que frenar con extrema urgencia detrás suyo y los exabruptos radicales de quienes pasaban pitando a ambos lados).<br />
Esa jornada, no pocos colectiveros, taxistas y conductores estuvieron a punto de arrancar los radiadores de sus vehículos con los dientes para tirárselos al Bebín; ajeno a todo, nuestro guía se preocupaba por su inseparable compañero.<br />
Afortunadamente cada vez que el Salsa se detuvo (motivando gritos y aullidos en los neumáticos de los autos que venían detrás), luego de alguna tos seguida de pedorreta, volvió a andar y por fin llegamos al ensayo.<br />
Huelga aquí contar qué pasó en Thames ese día, aunque seguramente pasamos dos veces toda la lista de temas y luego, viniera de arriba o viniera de abajo, seguro que nos quedamos mientras todos se iban, ya degustando uno de los exquisitos platos de Clodyn, ya departiendo alguna cosa con nuestro manager Alejandro Velázquez (algún día les contaré los temas de debate que nos apasionaban).<br />
Terminada nuestra misión en la sala de ensayos, partimos por la noche hacia nuestros hogares el Bebe Ferreyra, Kovalsky y yo.<br />
Nada más subir al Salsa, recordamos la odisea del viaje de ida: el coche se encaprichaba una y otra vez en hacernos creer que nunca llegaríamos a destino. Finalmente el motor consintió en cumplir alguna función y salimos hacia adelante dejando una nube gris cuyo recuerdo me avergüenza cada vez que escucho que el polo norte se hace agua.<br />
Por la avenida San Martín íbamos, entre pequeños ahogos, ruidos preocupantes y peditos del escape, cuando el anfitrión de nuestros sobresaltos decide manufacturar un nuevo atajo. Un tremendo volantazo hacia la derecha, unas fracciones de segundo de alarma, y en minutos estábamos hasta el cuello en medio de un barrio tan desconocido para nosotros como los suburbios de la ciudad de Paldiski, al noroeste de Estonia.<br />
Bam Bam Giménez interpela a Ferreyra intentando hallar un porqué, cosa que como imaginarán no logró.<br />
Para abeviar: nos pasamos cerca de veinte minutos metiéndonos en calles oscuras más peligrosas para la salud que la silla eléctrica, haciendo marchas y contramarchas, intentando dilucidar dónde nos llevaban el pasaje Pez Rodilla, o la calle Virgen de la Luz de Nápoles, hasta que desembocamos en una avenida menos transitada que los nervios ópticos de Steve Wonder y un gran, un GRAN espacio vacío y negro.<br />
Ustedes saben que yo soy un rudeboy de esos que toman cerveza y todo, pero debo reconocer que un sudor frío bajó por mi espalda.<br />
Estábamos ni más ni menos que en la avenida Warnes, ¡ni más ni menos que en frente del <strong>ALBERGUE WARNES!</strong><br />
Como dije, era de noche y el Salsamóvil nos prometía, ¿Qué nos prometía? ¡¡Nos juraba que se iba a quedar cada 10 metros!!<br />
En medio de una profunda angustia, Kovalsky tomó la palabra y calmadamente -como quien escribe la carta que meterá en un sobre que diga &#8220;Señor Juez&#8221;- dijo: &#8220;Bebín, maestro, si el Salsa se queda, Poyín y yo salimos cagando&#8221;. Firmo el documento que sea que el Bebe no sabía de lo que estaba hablando Bam Bam, es más, para él el Albergue Warnes seguramente sería uno de los albergues de la juventud; el que quedaba en la avenida Warnes, seguramente&#8230;<br />
Dios, ese viejo oligofrénico que de existir ni se acuerda que nos hizo, nos puso 324 ángeles de la guarda -calzados con pistolas Luger- para que llegáramos a una velocidad de 20 kilómetros por hora hasta Agronomía, de ahí a la avenida San Martín -que no debimos abandonar JAMÁS- hasta llegar por fin a nuestro terruño.<br />
Sólo deseo agregar: Gracias Bebe, pudiendo lucir un seductor tono caoba en el cabello, ahora tengo el pelo casi blanco.</p>
<p><strong>Consumir, no importa qué.</strong><br />
Como Marcello sólo quiere el dinero para gastarlo de la forma más necia posible, cada vez que se encontraba con algunos billetes en el bolsillo, lo que hacía era eso: gastarlo neciamente (de hecho sabemos que Ferreyra es muy riguroso con sigo mismo porque jamás puso moneda alguna de otra forma).<br />
Cuando un show acababa, el Bebe cobraba -los demás lo hacíamos en el siguiente ensayo-, de manera que al volver de tocar, casi siempre en un estado de menor lucidez que el que permite el estado de coma, el único que tenía algo de dinero encima era nuestro trombonista niño-adulto.<br />
Si la presentación había sido en un lugar muy remoto, todos volvíamos en el micro oficial -un increíble vehículo con espectaculares camas con colchón de agua, casino, conexión satelital y un chofer de ojos celestes-, pero si no teníamos que volver desde muy lejos, lo hacíamos cómodamente brindando con champagne en el Salsa.<br />
Esto que narraré no pasó una ni dos ni cinco veces, sino docenas.<br />
Volvíamos como dije, casi comatosos con el único pensamiento de meternos en una cama equidistante en millas del último sonido y del último rayo de luz, cuando nuestro Don Fulgencio, aún en lugares amenazantes como el Barrio Bigornia, el distrito Nuestra Señora del Cigarro o el asentamiento General Loza, sentía el impulso irrefrenable de quemar su dinero en los shops de las estaciones de servicio.<br />
¡Como un jabalí que había olido sangre se ponía! Nada ni nadie podía detener a ese varón ciego rumbo a las góndolas nocturnas.<br />
La compra jamás estaba motivada u originada en una necesidad: la cosa era adquirir algo, mucho, lo que fuera.<br />
Fue durante esta operatoria en que el Bebín acuñó su frase: &#8220;Consumir, no importa qué&#8221;. El bronce Intocable no le hacía asco a nada: compraba desde delicatessen gastronómicas -frituras en bolsa marca &#8220;Bum&#8221; (en el hígado)-, pasando por finos productos de la cosmética -bositas de perfume de la línea &#8220;Puaj!&#8221; para el Salsa con olor a telo- hasta llegar a implementos que mejoraban el ya excelso diseño automotriz del 404, como un espejo retrovisor que montó en el interior del auto y que merece un apartado.<br />
Una de esas noches aciagas, negándonos a acompañarlo &#8220;de shopping&#8221;, nos quedamos con Kovalsky en el Salsamóvil en silencio -yo rezando para que la cosa fuera rápida, el percusionista lo ignoro, creo que es ateo- y al cabo de unos minutos largos lo vemos aparecer a Ferreyra con una excitación ostensible: había comprado algo <strong>grande</strong>.<br />
Lo que traía Marcello era nada menos que un espejo retrovisor, ¡sensiblemente más pequeño que una tabla de surf!; se comenta que por esa estación había pasado el camionero BJ y se había negado a comprar ese mismo espejo diciendo: &#8220;No, ni loco, es demasiado grande para mi camión con acoplado&#8230; si lo pusiera tendría que deshacerme del mono, y es un amigo&#8221;.<br />
En una oportunidad trajo una bolsa de chizitos -gran promesa de futuro cáncer de colon- de un tamaño que al menos a mí me asustó: de haber querido, podría haber salido de entre las gualdas frituras una corpulenta vedette con plumas y un bebé en brazos.<br />
Pero siempre llegábamos a Saenz Peña; más tarde, cierto, más empobrecido el Bebe, también cierto, pero llegábamos&#8230;</p>
<p><strong>Carlitos de Gesell se pregunta porqué entre los panqueques no guarda una escopeta.</strong><br />
Nuevamente después de un show, luego de escaparnos de la sociedad bailando ska y con la certeza de que nuestras vidas estaban por fin encaminadas -aún sin estar seguros de hacia dónde-, subimos los de siempre a, sí, el Salsamóvil.<br />
Creo que esa noche habíamos tocado en Villa NLC, zona norte, y milagrosamente el itinerario no incluyó ni estaciones de servicio con shops 24 horas, ni desperfectos mecánicos en el auto del Bebín.<br />
Todo iba literalmente sobre ruedas, cuando el Bebe identifica a lo lejos el local de Carlitos de Gesell sobre avenida del Libertador, en Olivos.<br />
Más rápido que Walt Disney a la hora de denunciar a un comunista, Ferreyra me cursa una invitación a cenar: &#8220;¡Poyín!, ¡te invito a Carlitos de Gesell!&#8221;.<br />
Hago una sintética interrupción para aclarar el momento particular por el que estaba pasando la relación entre Bam Bam y el Bebe. No era cosa de meses ni de semanas siquiera; ese día en concreto, algo le habría molestado a nuestro regiseur porque prefería no hablarle al percusionista&#8230; aún estando a menos de quince centímetros y llevándolo en su propio auto.<br />
Lo cierto es que el diálogo completo fue (literalmente):<br />
<strong>Bebe:</strong> -¡Poyín!, ¡te invito a Carlitos de Gesell!<br />
<strong>Bam Bam:</strong> -¡Genial maestro, gracias!<br />
<strong>Bebe:</strong> -Le dije a Poyín<br />
<strong>Bam Bam:</strong> -En serio, maestro, gracias, vamos&#8230;<br />
A partir de este diálogo que no hubiera escrito ni Eugène Ionesco para alguna de sus obras de teatro del absurdo, el registro gestual de Marcelo Horacio se hizo más tenso. Yo, más que ir a cenar, lo que quería era que la sociedad se difuminara y estar solo en un lugar oscuro y silencioso, pero ¿Iba a despreciar una invitación hecha por semejante carácter?<br />
Apenas entramos, yo noto que los mozos, que estaban masiva y decididamente subiendo las sillas a las mesas -era tardísimo, tal vez treinta segundos antes de que apagaran las luces- se quedan paralizados al vernos entrar. Su expresión no era de júbilo.<br />
El muchacho de la cocina empezó a querer establecer contacto a través de súplicas con el Gauchito Gil (que no es de lo más listo que se vio, hay que decir la verdad) pidiéndole que nos echara, mientras que uno de los mozos, bronceado, fornido, balde en mano -se disponía a baldear las baldosas- imploró a la difunta Correa para que cambiáramos de idea y pegásemos media vuelta (de más está decir que la señora Correa tampoco escuchó; ya por su carácter de difunta, ya por estar localizando un corpiño para completar su atuendo).<br />
Pasamos sin más a sentarnos y a leer sendas cartas. El único que parecía alterado por la situación era yo; a Ferreyra nada le decían las salvajes miradas que nos dirigían los empleados y Bam Bam disfrutaba de la incomodidad del Bebe por su presencia en la mesa.<br />
Entre los dos pidieron algo así como 36 panqueques de los más elaborados: &#8220;Garçon, tráigame una crêpe de melocotones del Báltico con salsa Karpinsky&#8230; medio hecha&#8221;.<br />
Los empleados -si es que podían percibir algo más que su deseo de empalarnos a los tres- debieron pensar que yo era una especie de criado; apenas comí una pequeñez, me negué mil veces a pedir otra cosa y estaba sentado en el borde de la silla, incomodísimo con la situación y presa de un ataque de bazo.<br />
Una vez que el Bebe hubo terminado, al poner su boca para pronunciar la primera palabra de la frase &#8220;La cuenta, por favor&#8221;, el mozo más cercano, con una mano venosa y rojiza apoyó con un golpe el papel sobre la mesa.<br />
Bam Bam se paró y salió, sonriente y veloz, Marcello abonó molesto la cuenta de los tres y yo exhalé como un condenado al que acaban de amnistiar.<br />
Y el Salsa, bueno, una vez más nos dejó casi al pie de nuestras cunas&#8230;</p>
<p>Fin de la segunda parte.</p>
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